Comandante Supremo

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Chavez Vive

lunes, 28 de abril de 2014

SOBRE EL ESTADO (Lenin)

Camaradas, el tema de la charla de hoy, de acuerdo con el plan trazado por ustedes que me ha sido comunicado, es el Estado. Ignoro hasta qué punto están ustedes al tanto de este tema. Si no me equivoco, sus cursos acaban de iniciarse, y por primera vez abordarán sistemáticamente este tema. De ser así, puede muy bien ocurrir que en la primera conferencia sobre este tema tan difícil yo no consiga que mi exposición sea suficientemente clara y comprensible para muchos de mis oyentes. En tal caso, les ruego que no se preocupen, porque el problema del Estado es uno de los más complicados y difíciles, tal vez aquel en el que más confusión sembraron los eruditos, escritores y filósofos burgueses. No cabe esperar, por lo tanto, que se pueda llegar a una comprensión profunda del tema con una breve charla, en una sola sesión. Después de la primera charla sobre este tema, deberán tomar nota de los pasajes que no hayan entendido o que no les resulten claros, para volver sobre ellos dos, tres y cuatro veces, a fin de que más tarde se pueda completar y aclarar lo que no hayan entendido, tanto mediante la lectura como mediante diversas charlas y conferencias. Espero que podremos volver a reunirnos y que podremos entonces intercambiar opiniones sobre todos los puntos complementarios y ver qué es lo que ha quedado más oscuro. Espero tambien, que ademas de las charlas y conferencias dedicarán algún tiempo a leer, por lo menos, algunas de las obras más importantes de Marx y Engels. No cabe duda de que estas obras, las más importantes, han de encontrarse en la lista de libros recomendados y en los manuales que están disponibles en la biblioteca de ustedes para los estudiantes, de la escuela del Soviet y del partido; y aunque, una vez más, algunos de ustedes se sientan al principio, desanimados por la dificultad de la exposición, vuelvo a advertirles que no deben preocuparse por ello; lo que no resulta claro a la primera lectura, será claro a la segunda lectura, o cuando posteriormente enfoquen el problema desde otro ángulo algo diferente. Porque, lo repito una vez más, el problema es tan complejo y ha sido tan embrollado por los eruditos y escritores burgueses, que quien desee estudiarlo seriamente y llegar a dominarlo por cuenta propia, debe abordarlo varias veces, volver sobre él una y otra vez y considerarlo desde varios angulos, para poder llegar a una comprensión clara y definida de él. Porque es un problema tan fundamental, tan básico en toda política y porque, no sólo en tiempos tan turbulentos y revolucionarios como los que vivimos, sino incluso en los más pacíficos, se encontrarán con él todos los días en cualquier periódico, a propósito de cualquier asunto económico o político, será tanto más fácil volver sobre él. Todos los días, por uno u otro motivo, volverán ustedes a la pregunta: ¿que es el Estado, cuál es su naturaleza, cuál es su significación y cuál es la actitud de nuestro partido, el partido que lucha por el derrocamiento del capitalismo, el partido comunista, cuál es su actitud hacia el Estado? Y lo más importante es que, como resultado de las lecturas que realicen, como resultado de las charlas y conferencias que escuchen sobre el Estado, adquirirán la capacidad de enfocar este problema por sí mismos, ya que se enfrentarán con él en los más diversos motivos, en relación con las cuestiones más triviales, en los contextos más inesperados, y en discusiones y debates con adversarios. Y sólo cuando aprendan a orientarse por sí mismos en este problema sólo entonces podrán considerarse lo bastante firmes en sus convicciones y capaces para defenderlas con éxito contra cualquiera y en cualquier momento.
Luego de estas breves consideraciones, pasaré a tratar el problema en sí: qué es el Estado, cómo surgió y fundamentalmente, cuál debe ser la actitud hacia el Estado del partido de la clase obrera, que lucha por el total derrocamiento del capitalismo, el partido de los comunistas.
Ya he dicho que difícilmente se encontrará otro problema en que deliberada e inconcientemente, hayan sembrado tanta confusion los representantes de la ciencia, la filosofía, la jurisprudencia, la economiá política y el periodismo burgueses como en el problema del Estado. Todavía hoy es confundido muy a menudo con problemas religiosos; no sólo por los representantes de doctrinas religiosas (es completamente natural esperarlo de ellos), sino incluso personas que se consideran libres de prejuicios religiosos confunden muy a menudo la cuestión especifica del Estado con problemas religiosos y tratan de elaborar una doctrina -- con frecuencia muy compleja, con un enfoque y una argumentación ideológicos y filosóficos -- que pretende que el Estado es algo divino, algo sobrenatural, cierta fuerza, en virtud de la cual ha vivido la humanidad, que confiere, o puede conferir a los hombres, o que contiene en sí algo que no es propio del hombre, sino que le es dado de fuera: una fuerza de origen divino. Y hay que decir que esta doctrina está tan estrechamente vinculada a los intereses de las clases explotadoras -- de los terratenientes y los capitalistas --, sirve tan bien sus intereses, impregnó tan profundamente todas las costumbres, las concepciones, la ciencia de los señores representantes de la burguesía, que se encontrarán ustedes con vestigios de ella a cada paso, incluso en la concepción del Estado que tienen los mencheviques y eseristas, quienes rechazan indignados la idea de que se hallan bajo el influjo de prejuicios religiosos y están convencidos de que pueden considerar el Estado con serenidad. Este problema ha sido tan embrollado y complicado porque afecta más que cualquier otro (cediendo lugar a este respecto solo a los fundamentos de la ciencia económica) los intereses de las clases dominantes. La teoría del Estado sirve para justificar los privilegios sociales, la existencia de la explotación, la existencia del capitalismo, razón por la cual sería el mayor de los errores esperar imparcialidad en este problema, abordarlo en la creencia de que quienes pretenden ser cientificos puedan brindarles a ustedes una concepción puramente cientifica del asunto. Cuando se hayan familiarizado con el problema del Estado, con la doctrina del Estado y con la teoría del Estado, y lo hayan profundizado suficientemente, descubrirán siempre la lucha entre clases diferentes, una lucha que se refleja o se expresa en un conflicto entre concepciones sobre el Estado, en la apreciación del papel y de la significación del Estado.
Para abordar este problema del modo más cientifico, hay que echar, por lo menos, una rápida mirada a la historia del Estado, a su surgimiento y evolución. Lo más seguro, cuando se trata de un problema de ciencia social, y lo más necesario para adquirir realmente el hábito de enfocar este problema en forma correcta, sin perdernos en un cumulo de detalles o en la inmensa variedad de opiniones contradictorias; lo más importante para abordar el problema cientificamente, es no olvidar el nexo histórico fundamental, analizar cada problema desde el punto de vista de cómo surgió en la historia el fenómeno dado y cuáles fueron las principales etapas de su desarrollo y, desde el punto de vista de su desarrollo, examinar en qué se ha convertido hoy.
Espero que al estudiar este problema del Estado se familia rizarán con la obra de Engels El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Se trata de una de las obras fundamentales del socialismo moderno, cada una de cuyas frases puede aceptarse con plena confianza, en la seguridad de que no ha sido escrita al azar, sino que se basa en una abundante documentación histórica y política. Sin duda, no todas las partes de esta obra están expuestas en forma igualmente accesible y comprensible; algunas de ellas suponen un lector que ya posea ciertos conocimientos de historia y de economía. Pero vuelvo a repetirles que no deben preocuparse si al leer esta obra no la entienden inmediatamente. Esto le sucede a casi todo el mundo. Pero releyéndola más tarde, cuando estén interesados en el problema, lograrán entenderla en su mayor parte, si no en su totalidad. Cito este libro de Engels porque en el se hace un enfoque correcto del problema en el sentido mencionado. Comienza con un esbozo histórico de los orígenes del Estado.
Para tratar debidamente este problema, lo mismo que cualquier otro -- por ejemplo el de los orígenes del capitalismo, la explotación del hombre por el hombre, el del socialismo, cómo surgió el socialismo, qué condiciones lo engendraron --, cualquiera de estos problemas sólo puede ser enfocado con seguridad y confianza si se echa una mirada a la historia de su desarrollo en conjunto. En relación con este problema hay que tener presente, ante todo, que no siempre existió el Estado. Hubo un tiempo en que no había Estado. Este aparece en el lugar y momento en que surge la división de la sociedad en clases, cuando aparecen los explotadores y los explotados.
Antes de que surgiera la primera forma de explotación del hombre por el hombre, la primera forma de la división en clases -- propietarios de esdavos y esclavos --, existiá la familia patriarcal o, como a veces se la llama, la familia del clan (clan: gens; en ese entonces vivían juntas las personas de un mismo linaje u origen). En la vida de muchos pueblos primitivos subsisten huellas muy definidas de aquellos tiempos primitivos, y si se toma cualquier obra sobre la cultura primitiva, se tropezará con descripciones, indicaciones y reminiscencias más o menos precisas del hecho de que hubo una época más o menos similar a un comunismo primitivo, en la que aún no existiá la división de la sociedad en esclavistas y esclavos. En esa época no existiá el Estado, no había ningón aparato especial para el empleo sistemático de la fuerza y el sometimiento del pueblo por la fuerza. Ese aparato es lo que se llama Estado.
En la sociedad primitiva, cuando la gente vivía en pequeños grupos familiares y aún se hallaba en las etapas más bajas del desarrollo, en condiciones cercanas al salvajismo -- época separada por varios miles de años de la moderna sociedad humana civilizada --, no se observan aún indicios de la existencia del Estado. Nos encontramos con el predominio de la costumbre, la autoridad, el respeto, el poder de que gozaban los ancianos del clan; nos encontramos con que a veces este poder era reconocido a las mujeres -- la posición de las mujeres, entonces, no se parecía a la de opresión y falta de dere chos de las mujeres de hoy --, pero en ninguna parte encontramos una categoría especial de individuos diferenciados que gobiernen a los otros y que, en aras y con el fin de gobernar, dispongan sistemática y permanentemente de cierto aparato de coerción, de un aparato de violencia, tal como el que representan actualmente, como todos saben, los grupos especiales de hombres armados, las cárceles y demás medios para someter por la fuerza la voluntad de otros, todo lo que constituye la esencia del Estado.
Si dejamos de lado las llamadas doctrinas religiosas, las sutilezas, los argumentos filosóficos y las diversas opiniones erigidas por los eruditos burgueses, y procuramos llegar a la verdadera esencia del asunto, veremos que el Estado es en realidad un aparato de gobierno, separado de la sociedad humana. Cuando aparece un grupo especial de hombres de esta clase, dedicados exclusivamente a gobernar y que para gobernar necesitan de un aparato especial de coerción para someter la voluntad de otros por la fuerza -- cárceles, grupos especiales de hombres, ejércitos, etc. --, es cuando aparece el Estado.
Pero hubo un tiempo en que no existiá el Estado, en que los vínculos generales, la sociedad misma, la disciplina y organización del trabajo se mantenian por la fuerza de la costumbre y la tradición, por la autoridad y el respeto de que gozaban los ancianos del clan o las mujeres -- quienes en aquellos tiempos, no sólo gozaban de una posición social igual a la de los hombres, sino que, no pocas veces, gozaban incluso de una posición social superior --, y en que no había una categoría especial de personas que se especializaban en gobernar. La historia demuestra que el Estado, como aparato especial para la coerción de los hombres, surge solamente donde y cuando aparece la división de la sociedad en clases, o sea, la división en grupos de personas, algunas de las cuales se apropian permanentemente del trabajo ajeno, donde unos explotan a otros.
Y esta división de la sociedad en clases, a través de la historia, es lo que debemos tener siempre presente con toda claridad, como un hecho fundamental. El desarrollo de todas las sociedades humanas a lo largo de miles de años, en todos los países sin excepción, nos revela una sujeción general a leyes, una regularidad y consecuencia; de modo que tenemos, primero, una sociedad sin clases, la sociedad originaria, patriarcal, primitiva, en la que no existían aristócratas; luego una sociedad basada en la esclavitud, una sociedad esclavista. Toda la Europa moderna y civilizada pasó por esa etapa: la esclavitud reinó soberana hace dos mil años. Por esa etapa pasó también la gran mayoría de los pueblos de otros lugares del mundo. Todavía hoy se conservan rastros de la esclavitud entre los pueblos menos desarrollados; en Africa, por ejemplo, persiste todavía en la actualidad la institucion de la esclavitud. La división en propietarios de esclavos y esclavos fue la primera división de clases importante. El primer grupo no sólo poseía todos los medios de producción -- la tierra y las herramientas, por muy primitivas que fueran en aquellos tiempos --, sino que poseía también los hombres. Este grupo era conocido como el de los propietarios de esclavos, mientras que los que trabajaban y suministraban trabajo a otros eran conocidos como esclavos.
Esta forma fue seguida en la historia por otra: el feudalismo. En la gran mayoría de los países, la esclavitud, en el curso de su desarrollo, evolucionó hacia la servidumbre. La división fundamental de la sociedad era: los terratenientes propietarios de siervos, y los campesinos siervos. Cambió la forma de las relaciones entre los hombres. Los poseedores de esclavos con sideraban a los esclavos como su propiedad; la ley confirmaba este concepto y consideraba al esclavo como un objeto que pertenecía íntegramente al propietario de esclavos. Por lo que se refiere al campesino siervo, subsistía la opresión de clase y la dependencia, pero no se consideraba que los campesinos fueran un objeto de propiedad del terrateniente propietario de siervos; éste sólo teniía derecho a apropiarse de su trabajo, a obligarlos a ejecutar ciertos servicios. En la practica, como todos ustedes saben, la servidumbre, sobre todo en Rusia, donde subsistío durante más tiempo y revistío las formas más brutales, no se diferenciaba en nada de la esclavitud.
Más tarde, con el desarrollo del comercio, la aparición del mercado mundial y el desarrollo de la circulación monetaria, dentro de la sociedad feudal surgió una nueva clase, la clase capitalista. De la mercancía, el intercambio de mercancías y la aparición del poder del dinero, surgió el poder del capital. Durante el siglo XVIII, o mejor dicho desde fines del siglo XVIII y durante el siglo XIX, estallaron revoluciones en todo el mundo. El feudalismo fue abolido en todos los países de Europa Occidental. Rusia fue el último país donde ocurrió esto. En 1861 se produjo también en Rusia un cambio radical; como consecuencia de ello, una forma de sociedad fue remplazada por otra: el feudalismo fue remplazado por el capitalismo, bajo el cual siguió existiendo la división en clases, así como diversas huellas y supervivencias del régimen de ser vidumbre, pero fundamentalmente la división en clases asumió una forma diferente.
Los dueños del capital, los dueños de la tierra y los dueños de las fábricas constituían y siguen constituyendo, en todos los países capitalistas, una insignificante minoria de la población, que gobierna totalmente el trabajo de todo el pueblo, y, por consiguiente, gobierna, oprime y explota a toda la masa de trabajadores, la mayoría de los cuales son proletarios, trabajadores asalariados, que se ganan la vida en el proceso de producción, sólo vendiendo su mano de obra, su fuerza de trabajo. Con el paso al capitalismo, los campesinos, que habían sido divididos y oprimidos bajo el feudalismo, se convirtieron, en parte (la mayoría) en proletarios, y en parte (la minoría) en campesinos ricos, quienes a su vez contrataron trabajadores y constituyeron la burguesia rural.
Este hecho fundamental -- el paso de la sociedad, de las formas primitivas de esclavitud al feudalismo, y por último al capitalismo -- es el que deben ustedes tener siempre presente, ya que sólo recordando este hecho fundamental, encuadrando todas las doctrinas políticas en este marco fundamental, estarán en condiciones de valorar debidamente esas doctrinas y comprender qué se proponen. Pues cada uno de estos grandes periodos de la historia de la humanidad -- el esclavista, el feudal y el capitalista -- abarca decenas y centenares de siglos, y presenta una cantidad tal de formas políticas, una variedad tal de doctrinas políticas, opiniones y revoluciones, que sólo podremos llegar a comprender esta enorme diversidad y esta inmensa variedad -- especialmente en relación con las doctrinas políticas, filosóficas y otras de los eruditos y políticos burgueses --, si sabemos aferrarnos firmemente, como a un hilo orientador fundamental, a esta división de la sociedad en clases, a esos cambios de las formas de la dominación de clases, y si analizamos, desde este punto de vista, todos los problemas sociales -- económicos, políticos, espirituales, religiosos, etc.
Si ustedes consideran el Estado desde el punto de vista de esta división fundamental, verán que antes de la división de la sociedad en clases, como ya lo he dicho, no existía ningún Estado. Pero cuando surge y se afianza la división de la sociedad en clases, cuando surge la sociedad de clases, también surge y se afianza el Estado. La historia de la humanidad conoce decenas y cientos de paises que han pasado o están pasando en la actualidad por la esclavitud, el feudalismo y el capitalismo. En cada uno de ellos, pese a los enormes cambios históricos que han tenido lugar, pese a todas las vicisitudes políticas y a todas las revoluciones relacionadas con este desarrollo de la humanidad y con la transición de la esclavitud al capitalismo, pasando por el feudalismo, y hasta llegar a la actual lucha mundial contra el capitalismo, ustedes percibirán siempre el surgimiento del Estado. Este ha sido siempre determinado aparato al margen de la sociedad y consistente en un grupo de personas dedicadas exclusiva o casi exclusivamente o principalmente a gobernar. Los hombres se dividen en gobernados y en especialistas en gobernar, que se colocan por encima de la sociedad y son llamados gobernantes, representantes del Estado. Este aparato, este grupo de personas que gobiernan a otros, se apodera siempre de ciertos medios de coerción, de violencia física, ya sea que esta violencia sobre los hombres se exprese en la maza primitiva o en tipos más perfeccionados de armas, en la época de la esclavitud, o en las armas de fuego inventadas en la Edad Media o, por último, en las armas modernas, que en el siglo XX son verdaderas maravillas de la técnica y se basan íntegramente en los últimos lo gros de la tecnología moderna. Los métodos de violencia cambiaron, pero dondequiera existió un Estado, existió en cada sociedad, un grupo de personas que gobernaban, mandaban, dominaban, y que, para conservar su poder, disponían de un aparato de coerción física, de un aparato de violencia, con las armas que correspondían al nivel técnico de la época dada. Y sólo examinando estos fenómenos generales, preguntándonos por qué no existió ningún Estado cuando no había clases, cuando no había explotadores y explotados, y por que apareció cuando aparecieron las clases; sólo así encontraremos una respuesta definida a la pregunta de cuál es la esencia y la significación del Estado.
El Estado es una máquina para mantener la dominación de una clase sobre otra. Cuando no existían clases en la sociedad, cuando, antes de la época de la esclavitud, los hombres trabajaban en condiciones primitivas de mayor igualdad, en condiciones en que la productividad del trabajo era todavía muy baja y cuando el hombre primitivo apenas podía conseguir con dificultad los medios indispensables para la existencia más tosca y primitiva, entonces no surgió, ni podía surgir, un grupo especial de hombres separados especialmente para gobernar y dominar al resto de la sociedad. Sólo cuando apareció la primera forma de la división de la sociedad en clases, cuando apareció la esclavitud, cuando una clase determinada de hombres, al concentrarse en las formas más rudimentarias del trabajo agrícola, pudo producir cierto excedente, y cuando este excedente no resultó absolutamente necesario para la más mísera existencia del esclavo y pasó a manos del propietario de esclavos, cuando de este modo quedó asegurada la existencia de la clase de los propietarios de esclavos, entonces, para que ésta pudiera afianzarse era necesario que apareciera un Estado.
Y apareció el Estado esclavista, un aparato que dio poder a los propietarios de esclavos y les permitió gobernar a los esclavos. La sociedad y el Estado eran entonces mucho más reducidos que en la actualidad, poseían medios de comunicación incomparablemente más rudimentarios; no existían entonces los modernos medios de comunicación. Las montañas, los ríos y los mares eran obstáculos incomparablemente mayores que hoy, y el Estado se formó dentro de límites geográficos mucho más estrechos. Un aparato estatal técnicamente débil servía a un Estado confinado dentro de límites relativamente estrechos y con una esfera de acción limitada. Pero, de cualquier modo, existía un aparato que obligaba a los esclavos a permanecer en la esclavitud, que mantenía a una parte de la sociedad sojuzgada y oprimida por la otra. Es imposible obligar a la mayor parte de la sociedad a trabajar en forma sistemática para la otra parte de la sociedad sin un aparato permanente de coerción. Mientras no existieron clases, no hubo un aparato de este tipo. Cuando aparecieron las clases, siempre y en todas partes, a medida que la división crecía y se consolidaba, aparecía también una institución especial: el Estado. Las formas de Estado eran en extremo variadas. Ya durante el período de la esclavitud encontramos diversas formas de Estado en los países más adelantados, más cultos y civilizados de la época, por ejemplo en la antigua Grecia y en la antigua Roma, que se basaban integramente en la esclavitud. Ya había surgido en aquel tiempo una diferencia entre monarquía y república, entre aristocracia y democracia. La monarquía es el poder de una sola persona, la república es la ausencia de autoridades no elegidas; la aristocracia es el poder de una minoría relativamente pequeña, la democracia el poder del pueblo (democracia en griego, significa literalmente poder del pueblo). Todas estas diferencias sur gieron en la época de la esclavitud. A pesar de estas diferencias, el Estado de la epoca esclavista era un Estado esclavista, ya se tratara de una monarquía o de una república, aristocrática o democrática.
En todos los cursos de historia de la antigüedad, al escuchar la conferencia sobre este tema, les hablarán de la lucha librada entre los Estados monárquicos y los republicanos. Pero el hecho fundamental es que los esclavos no eran considerados seres humanos; no sólo no se los consideraba ciudadanos, sino que ni siquiera se los consideraba seres humanos. El derecho romano los consideraba como bienes. La ley sobre el homicidio, para no mencionar otras leyes de protección de la persona, no amparaba a los esclavos. Defendia sólo a los propietarios de esclavos, los únicos que eran reconocidos como ciudadanos con plenos derechos. Lo mismo daba que gobernara una monarquía o una república: tanto una como otra eran una república de los propietarios de esclavos o una monarquia de los propietarios de esclavos. Estos gozaban de todos los derechos, mientras que los esclavos, ante la ley, eran bienes; y contra el esclavo no sólo podía perpetrarse cualquier tipo de violencia, sino que incluso matar a un esclavo no era considerado delito. Las repúblicas esclavistas diferían en su organización interna: había repúblicas aristocráticas y repúblicas democráticas. En la república aristocrática participaba en las elecciones un reducido número de privilegiados; en la republica democrática participaban todos, pero siempre todos los propietarios de esclavos, todos, menos los esclavos. Debe tenerse en cuenta este hecho fundamental, pues arroja más luz que ningún otro sobre el problema del Estado, y pone claramente de manifiesto la naturaleza del Estado.
El Estado es una máquina para que una clase reprima a otra, una máquina para el sometimiento a una clase de otras clases, subordinadas. Esta máquina puede presentar diversas formas. El Estado esclavista podía ser una monarquía, una república aristocrática e incluso una república democrática. En realidad, las formas de gobierno variaban extraordinariamente, pero su esencia era siempre la misma: los esclavos no gozaban de ningún derecho y seguian siendo una clase oprimida; no se los consideraba seres humanos. Nos encontramos con lo mismo en el Estado feudal.
El cambio en la forma de explotación trasformó el Estado esclavista en Estado feudal. Esto tuvo una enorme importancia. En la sociedad esclavista, el esclavo no gozaba de ningún derecho y no era considerado un ser humano; en la sociedad feudal, el campesino se hallaba sujeto a la tierra. El principal rasgo de la servidumbre era que a los campesinos (y en aquel tiempo los campesinos constituían la mayoría, pues la población urbana era todavía muy poco desarrollada) se los consideraba sujetos a la tierra: de ahí se deriva este concepto mismo -- la servidumbre. El campesino podía trabajar cierto número de días para si mismo en la parcela que le asignaba el señor feudal; los demás días el campesino siervo trabajaba para su señor. Subsistía la esencia de la sociedad de clases: la sociedad se basaba en la explotación de clase. Sólo los propietarios de la tierra gozaban de plenos derechos; los campesinos no tenían ningún derecho. En la práctica su situación no difería mucho de la situación de los esclavos en el Estado esclavista. Sin embargo, se había abierto un camino más amplio para su emancipación, para la emancipación de los campesinos, ya que el campesino siervo no era considerado propiedad directa del señor feudal. Podía trabajar una parte de su tiempo en su propia parcela; podía, por así decirlo, ser, hasta cierto punto, dueño de sí mismo; y al ampliarse las posibilidades de desarrollo del intercambio y de las relaciones comerciales, el sistema feudal se fue desintegrando progresivamente y se fueron ampliando progresivamente las posibilidades de emancipación del campesinado. La sociedad feudal fue siempre más compleja que la sociedad esclavista. Había un importante factor de desarrollo del comercio y la industria, cosa que, incluso en esa época, condujo al capitalismo. El feudalismo predominaba en la Edad Media. Y también aquí diferían las formas del Estado; también aquí encontramos la monarquía y la república, aunque esta última se manifestaba mucho más débilmente. Pero siempre se consideraba al señor feudal como el único gobernante. Los campesinos siervos ca recían totalmente de derechos políticos.
Ni bajo la esclavitud ni bajo el feudalismo podía una reducida minoría de personas dominar a la enorme mayoría sin recurrir a la coerción. La historia está llena de constantes intentos de las clases oprimidas por librarse de la opresión. La historia de la esclavitud nos habla de guerras de emancipación de los esclavos que duraron décadas enteras. El nombre de "espartaquistas", entre parentesis, que han adoptado ahora los comunistas alemanes -- el único partido aleman que realmente lucha contra el yugo del capitalismo --, lo adoptaron debido a que Espartaco fue el héroe más destacado de una de las más grandes sublevaciones de esclavos que tuvo lugar hace unos dos mil años. Durante varios años el Imperio romano, que parecía omnipotente y que se apoyaba por entero en la esclavitud, sufrió los golpes y sacudidas de un extenso levantamiento de esclavos, armados y agrupados en un vasto ejército, bajo la dirección de Espartaco. Al fin y al cabo fueron derrotados, capturados y torturados por los propietarios de esclavos. Guerras civiles como éstas jalonan toda la historia de la sociedad de clases. Lo que acabo de señalar es un ejemplo de la más importante de estas guerras civiles en la época de la esclavitud. Del mismo modo, toda la época del feudalismo se halla jalonada por constantes sublevaciones de los campesinos. En Alemania, por ejemplo, en la Edad Media, la lucha entre las dos clases -- terratenientes y siervos -- asumió amplias proporciones y se trasformó en una guerra civil de los campesinos contra los terratenientes. Todos ustedes conocen ejemplos similares de constantes levantamientos de los campesinos contra los terratenientes feudales en Rusia.
Para mantener su dominación y asegurar su poder, los señores feudales necesitaban de un aparato con el cual pudiesen sojuzgar a una enorme cantidad de personas y someterlas a ciertas leyes y normas; y todas esas leyes, en lo fundamental, se reducían a una sola cosa: el mantenimiento del poder de los señores feudales sobre los campesinos siervos. Tal era el Estado feudal, que en Rusia, por ejemplo, o en los países asiáticos muy atrasados (en los que aún impera el feudalismo) difería en su forma: era una república o una monarquía. Cuando el Estado era una monarquía se reconocía el poder de un individuo; cuando era una república, en uno u otro grado se reconocía la participación de representantes electos de la sociedad terrateniente; esto sucedía en la sociedad feudal. La sociedad feudal representaba una división en clases en la que la inmensa mayoría -- los campesinos siervos -- estaba totalmente sometida a una insignificante minoría, a los terratenientes, dueños de la tierra.
El desarrollo del comercio, el desarrollo del intercambio de mercancías, condujeron a la formación de una nueva clase, la de los capitalistas. El capital se conformo como tal al final de la Edad Media, cuando, después del descubrimiento de América, el comercio mundial adquirío un desarrollo enorme, cuando aumentó la cantidad de metales preciosos, cuando la plata y el oro se convirtieron en medios de cambio, cuando la circulación monetaria permitió a ciertos individuos acumular enormes riquezas. La plata y el oro fueron reconocidos como riqueza en todo el mundo. Declinó el poder económico de la clase terrateniente y creció el poder de la nueva clase, los representantes del capital. La sociedad se reorganizó de tal modo, que todos los ciudadanos parecían ser iguales, desapareció la vieja división en propietarios de esclavos y esclavos, y todos los individuos fueron considerados iguales ante la ley, independientemente del capital que poseyeran -- propietarios de tierras o pobres hombres sin más propiedad que su fuerza de trabajo, todos eran iguales ante la ley. La ley protege a todos por igual; protege la propiedad de los que la tienen, contra los ataques de las masas que, al no poseer ninguna propiedad, al no poseer más que su fuerza de trabajo, se empobrecen y arruinan poco a poco y se convierten en proletarios. Tal es la sociedad capitalista.
No puedo detenerme a analizarlo en detalle. Ya volverán ustedes a ello cuando estudien el programa del partido: tendrán entonces una descripción de la sociedad capitalista. Esta sociedad fue avanzando contra la servidumbre, contra el viejo régimen feudal, bajo la consigna de la libertad. Pero era la libertad para los propietarios. Y cuando se desintegró el feudalismo, cosa que ocurrío a fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX -- en Rusia ocurrió más tarde que en otros países, en 1861 --, el Estado feudal fue desplazado por el Estado capitalista, que proclama como consigna la libertad para todo el pueblo, que afirma que expresa la voluntad de todo el pueblo y niega ser un Estado de clase. Y en este punto se entabló una lucha entre los socialistas, que bregan por la libertad de todo el pueblo, y el Estado capitalista, lucha que condujo hoy a la creación de la República Socialista Soviética y que se está extendiendo al mundo entero.
Para comprender la lucha iniciada contra el capital mundial, para entender la esencia del Estado capitalista, debemos recordar que cuando ascendió el Estado capitalista contra el Estado feudal, entró en la lucha bajo la consigna de la libertad. La abolición del feudalismo significó la libertad para los representantes del Estado capitalista y sirvió a sus fines, puesto que la servidumbre se derrumbaba y los campesinos tenían la posibilidad de poseer en plena propiedad la tierra adquirida por ellos mediante un rescate o, en parte por el pago de un tributo; esto no interesaba al Estado; protegía la propiedad sin importarle su origen, pues el Estado se basaba en la propiedad privada. En todos los Estados civilizados modernos los campesinos se convirtieron en propietarios privados. Incluso cuando el terrateniente cedía parte de sus tierras a los campesinos, el Fstado protegía la propiedad privada, resarciendo al terrateniente con una indemnización, permitiéndole obtener dinero por la tierra. El Estado, por así decirlo, declaraba que ampararía totalmente la propiedad privada y le otorgaba toda clase de apoyo y protección. El Estado reconocía los derechos de propiedad de todo comerciante, fabricante e industrial. Y esta sociedad, basada en la propiedad privada, en el poder del capital, en la sujeción total de los obreros desposeidos y las masas trabajadoras del campesinado proclamaba que su régimen se basaba en la libertad. Al luchar contra el feudalismo, proclamó la libertad de propiedad y se sentía especialmente orgullosa de que el Estado hubiese dejado de ser, supuestamente, un Estado de clase.
Con todo, el Estado seguía siendo una máquina que ayudaba a los capitalistas a mantener sometidos a los campesinos pobres y a la clase obrera, aunque en su apariencia exterior fuese libre. Proclamaba el sufragio universal y, por intermedio de sus defensores, predicadores, eruditos y filosófos, que no era un Estado de clase. Incluso ahora, cuando las repúblicas socialistas soviéticas han comenzado a combatir el Estado, nos acusan de ser violadores de la libertad y de erigir un Estado basado en la coerción, en la represión de unos por otros, mientras que ellos representan un Estado de todo el pueblo, un Estado democrático. Y este problema, el problema del Estado, es ahora, cuando ha comenzado la revolución socialista mundial y cuando la revolución triunfa en algunos países, cuando la lucha contra el capital mundial se ha agudizado en extremo, un problema que ha adquirido la mayor importancia y puede decirse que se ha convertido en el problema más candente, en el foco de todos los problemas políticos y de todas las polémicas políticas del presente.
Cualquiera sea el partido que tomemos en Rusia o en cualquiera de los países más civilizados, vemos que casi todas las polémicas, discrepancias y opiniones políticas giran ahora en torno de la concepcion del Estado. ¿Es el Estado, en un país capitalista, en una república democrática -- especialmente en repúblicas como Suiza o Norteamérica --, en las repúblicas democráticas más libres, la expresión de la voluntad popular, la resultante de la decisión general del pueblo, la expresión de la voluntad nacional, etc., o el Estado es una máquina que permite a los capitalistas de esos países conservar su poder sobre la clase obrera y el campesinado? Este es el problema fundamental en torno del cual giran todas las polémicas políticas en el mundo entero. ¿Qué se dice sobre el bolchevismo? La prensa burguesa lanza denuestos contra los bolcheviques. No encontrarán un solo periódico que no repita la acusación en boga de que los bolcheviques violan la soberanía del pueblo. Si nuestros mencheviques y eseristas, en su simpleza de espiritu (y quizá no sea simpleza, o quiza sea esa simpleza de la que dice el proverbio que es peor que la ruindad) piensan que han inventado y descubierto la acusación de que los bolcheviques han violado la libertad y la soberanía del pueblo, se equivocan en la forma más ridicula. Hoy, todos los periodicos más ricos de los países más ricos, que gastan decenas de millones en su difusión y diseminan mentiras burguesas y la política imperialista en decenas de millones de ejemplares, todos esos periódicos repiten esos argumentos y acusaciones fundamentales contra el bolchevismo, a saber: que Norteamérica, Inglaterra y Suiza son Estados avanzados, basados en la soberanía del pueblo, mientras que la república bolchevique es un Estado de bandidos en el que no se conoce la libertad y que los bolcheviques son violadores de la idea de la soberanía del pueblo e incluso llegaron al extremo de disolver la Asamblea Constituyente. Estas terribles acusaciones contra los bolcheviques se repiten en todo el mundo. Estas acusaciones nos conducen directamente a la pregunta: ¿que es el Estado? Para comprender estas acusaciones, para poder estudiarlas y adoptar hacia ellas una actitud plenamente conciente, y no examinarlas basándose en rumores, sino en una firme opinión propia, debemos tener una clara idea de lo que es el Estado. Tenemos ante nosotros Estados capitalistas de todo tipo y todas las teorías que en su defensa se elaboraron antes de la guerra. Para responder correctamente a la pregunta, debemos examinar con un enfoque crítico todas estas teorías y concepciones.
Ya les he aconsejado que recurran al libro de Engels El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. En él se dice que todo Estado en el que existe la propiedad privada de la tierra y los medios de producción, en el que domina el capital, por democrático que sea, es un Estado capitalista, una máquina en manos de los capitalistas para el sojuzgamiento de la clase obrera y los campesinos pobres. Y el sufragio universal, la Asamblea Constituyente o el Parlamento son meramente una forma, una especie de pagaré, que no cambia la esencia del asunto.
Las formas de dominación del Estado pueden variar: el capital manifiesta su poder de un modo donde existe una forma y de otro donde existe otra forma, pero el poder está siempre, esencialmente, en manos del capital, ya sea que exista o no el voto restringido u otros derechos, ya sea que se trate de una república democrática o no; en realidad, cuanto más democrática es, más burda y cinica es la dominación del capitalismo. Una de las repúblicas más democráticas del mundo es Estados Unidos de Norteamérica, y sin embargo, en ninguna parte (y quienes hayan estado allí después de 1905 probablemente lo saben) es tan crudo y tan abiertamente corrompido como en Norteamérica el poder del capital, el poder de un puñado de multimillonarios sobre toda la sociedad. El capital, una vez que existe, domina la sociedad entera, y ninguna república democrática, ningún derecho electoral pueden cambiar la esencia del asunto.
La república democrática y el sufragio universal representaron un enorme progreso comparado con el feudalismo: permitieron al proletariado lograr su actual unidad y solidaridad y formar esas filas compactas y disciplinadas que libran una lucha sistemática contra el capital. No existió nada ni siquiera parecido a esto entre los campesinos siervos y ni que hablar ya entre los esclavos. Los esclavos, como sabemos se sublevaron, se amotinaron e iniciaron guerras civiles, pero no podian llegar a crear una mayoría consciente y partidos que dirigieran la lucha; no podían comprender claramente cuáles eran sus objetivos, e incluso en los momentos más revolucionarios de la historia fueron siempre peones en manos de las clases dominantes. La república burguesa, el Parlamento, el sufragio universal, todo ello constituye un inmenso progreso desde el punto de vista del desarrollo mundial de la sociedad. La humanidad avanzó hacia el capitalismo y fue el capitalismo solamente, lo que, gracias a la cultura urbana, permitió a la clase oprimida de los proletarios adquirir conciencia de si misma y crear el movimiento obrero mundial, los millones de obreros organizados en partidos en el mundo entero; los partidos socialistas que dirigen concientemente la lucha de las masas. Sin parlamentarismo, sin un sistema electoral, habría sido imposible este desarrollo de la clase obrera. Es por ello que todas estas cosas adquirieron una importancia tan grande a los ojos de las grandes masas del pueblo. Es por ello que parece tan dificil un cambio radical. No son sólo los hipócritas concientes, los sabios y los curas quienes sostienen y defienden la mentira burguesa de que el Estado es libre y que tiene por misión defender los intereses de todos; lo mismo hacen muchisimas personas atadas sinceramente a los viejos prejuicios y que no pueden entender la transición de la sociedad antigua, capitalista, al socialismo. Y no sólo las personas que dependen directamente de la burguesia, no sólo quienes vi ven bajo el yugo del capital o sobornados por el capital (hay gran cantidad de cientificos, artistas, sacerdotes, etc., de todo tipo al servicio del capital), sino incluso personas simplemente influidas por el prejuicio de la libertad burguesa, se han movilizado contra el bolchevismo en el mundo entero, porque cuando fue fundada la República Soviética rechazó estas mentiras burguesas y declaró abiertamente: ustedes dicen que su Estado es libre, cuando en realidad, mientras exista la propiedad privada, el Estado de ustedes, aunque sea una república democrática, no es más que una máquina en manos de los capitalistas para reprimir a los obreros, y mientras más libre es el Estado, con mayor claridad se manifiesta esto. Ejemplos de ello nos los brindan Suiza en Europa, y Estados Unidos en América. En ninguna parte domina el capital en forma tan cínica e implacable y en ninguna parte su dominación es tan ostensible como en estos países, a pesar de tratarse de repúblicas democráticas, por muy bellamente que se las pin te y por mucho que en ellas se hable de democracia del trabajo y de igualdad de todos los ciudadanos. El hecho es que en Suiza y en Norteamérica domina el capital, y cualquier intento de los obreros por lograr la menor mejora efectiva de su situación, provoca inmediatamente la guerra civil. En estos países hay pocos soldados, un ejército regular pequeño -- Suiza cuenta con una milicia y todos los ciudadanos suizos tienen un fusil en su casa, mientras que en Estados Unidos, hasta hace poco, no existía un ejército regular --, de modo que cuando estalla una huelga, la burguesia se arma, contrata soldados y reprime la huelga; en ninguna parte la represión del movimiento obrero es tan cruel y feroz como en Suiza y en Estados Unidos, y en ninguna parte se manifiesta con tanta fuerza como en estos países la influencia del capital sobre el Parlamento. La fuerza del capital lo es todo, la Bolsa es todo, mientras que el Parla mento y las elecciones no son más que muñecos, marionetas. . . Pero los obreros van abriendo cada vez más los ojos y la idea del poder soviético va extendiéndose cada vez más. Sobre todo después de la sangrienta matanza por la que acabamos de pasar. La clase obrera advierte cada vez más la necesidad de luchar implacablemente contra los capitalistas.
Cualquiera sea la forma con que se encubra una república, por democrática que sea, si es una república burguesa, si conserva la propiedad privada de la tierra, de las fábricas, si el capital privado mantiene a toda la socicdad en la esclavitud asalariada, es decir, si la república no lleva a la práctica lo que se proclama en el programa de nuestro partido y en la Constitución soviética, entonces ese Estado es una máquina para que unos repriman a otros. Y debemos poner esta máquina en manos de la clase que habrá de derrocar el poder del capital. Debemos rechazar todos los viejos prejuicios acerca de que el Estado significa la igualdad universal; pues esto es un fraude: mientras exista explotación no podrá existir igualdad. El terrateniente no puede ser igual al obrero, ni el hombre hambriento igual al saciado. La máquina, llamada Estado, y ante la que los hombres se inclinaban con supersticiosa veneración, porque creian en el viejo cuento de que significa el Poder de todo el pueblo, el proletariado la rechaza y afirma: es una mentira burguesa. Nosotros hemos arrancado a los capitalistas esta máquina y nos hemos apoderado de ella. Utilizaremos esa máquina, o garrote, para liquidar toda explotación; y cuando toda posibilidad de explotación haya desaparecido del mundo, cuando ya no haya propietarios de tierras ni propietarios de fábricas, y cuando no exista ya una situación en la que unos estan saciados mientras otros padecen hambre, sólo cuando haya desaparecido por completo la posibilidad de esto, relegaremos esta máquina a la basura. Entonces no existir á Estado ni explotación. Tal es el punto de vista de nuestro partido comunista. Espero que volveremos a este tema en futuras conferencias, volveremos a él una y otra vez.




Nota

[*] La Universidad Comunista I. M. Sverdlov se fundó sobre la base de unos cursillos de agitadores e instructores, organizados en 1918, adjuntos al Comité Ejecutivo Central de toda Rusia. Más tarde los cursillos fueron reorganizados en Escuela de Trabajos de los Soviets. Después de la resolución, adoptada por el VIII Congreso del PC(b) de Rusia, de organizar una escuela superior adjunta al CC para preparar cuadros del Partido, la Escuela se transformó en Escuela Central de Trabajos de los Soviets y del Partido; en el segundo semestre de 1919 por decision del Buró de Organización del CC del PC(b) de Rusia, Ia Escuela recibió el nombre de Universidad Comunista I. M. Sverdlov.
     Lenin dio en ella dos conferencias acerca del Estado. El texto de la segunda, pronunciada el 29 de agosto de 1919, no se ha conservado.

lunes, 10 de febrero de 2014

La Comuna de Paris y La construcción de la Comuna Socialista en Venezuela




“La Comuna era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta que permitía realizar la emancipación económica del trabajo” K. Marx

Tomando como referencia el escrito del camarada Karl Marx titulado “La Guerra Civil en Francia” no nos queda duda que si queremos construir La Comuna en Venezuela hay que hacerlo a partir del tras luz de la historia y de las experiencias aportadas por el movimiento proletario internacional. En este caso particular es de vital importancia el estudio de “La Comuna de Paris” , proeza combativa que hizo temblar las piernas del burgués más envalentonado y que logro cohesionar toda una clase en un solo grito y aspiración ¡Viva La Comuna!
En las propias palabras de Marx “Tomaron el cielo por asalto” eso hicieron los obreros, si en el manifiesto del partido comunista un fantasma recorría Europa, en París ese fantasma cobra vida, se hace de carne y hueso, se hace obreros organizados dispuestos a tomar el poder y despojar a la burguesía de los aparatos del Estado con los cuales los reprimían a sangre y fuego.
La Comuna debe ser una Gran Corporación de Trabajo Ejecutiva y Legislativa al mismo tiempo.
La primera gran lección que podemos asumir de esa experiencia histórica es que no basta con tomar en nuestras manos las estructuras del estado, no basta con despojar a la burguesía de su “butaca” por decirlo de alguna forma, no basta con tomar esa estructura y ponerla a trabajar para nuestros fines. Lo cual complejiza de manera importante nuestra tarea actual. Una de las primeras cosas que hicieron los comuneros fue acabar con el ejército permanente, y construyeron a su vez la Milicia Comunera, democratizando de esta forma la defensa del territorio y confiriéndola a las masas, convirtiendo a su vez a cada comunero en un soldado. Ahora esa es solo una expresión del poder, o digamos una parte, si tomamos en cuenta que el estado capitalista esta cimentado bajo la lógica de la “Division” y “Autonomia” de los poderes. Gran falacia Burguesa que funciona como doble rasero de acuerdo a las circunstancias. En el caso venezolano tenemos el Poder Legislativo, Poder Ejecutivo, Poder Judicial, Poder Electoral y el Poder Moral, que a su vez reproduce la lógica de la división social y jerárquica del trabajo, en la cual unos pocos piensan y otros muchos hacen.
La Comuna logro convertirse en el hecho concreto en un ente que no solo deliberaba sobre las nuevas leyes, sino que además ejecutaba en sentido práctico cada una de las decisiones, es decir logro romper la división de poderes burguesa, por ende cualquier experiencia de construcción de Comuna en Venezuela debe asumir como reto central acabar segmentación de clase y jerárquica del poder.
En la actualidad los estados burgueses del mundo son una estructura que sirve para defender el capital frente al trabajo, es un instrumento de los empresarios contra los trabajadores asalariados.  Es por eso que hoy más de 140años después la contradicción principal a superar y resolver sigue siendo La Contradicción Capital-Trabajo.
Los estado no son un ente imparcial o posicionado por encima de la sociedad, ya el camarada Lenin en sus textos “Sobre el Estado” y “El Estado y La Revolución” develo su papel activo en la lucha de clases y la historia del proletariado mundial nos lo ha demostrado en la práctica.
El imperialismo es hoy el arma más poderosa que poseen las elites de poder mundial, construyen estructuras supra estados, agudizan mas y mas ahora internacionalmente El capital y el Trabajo, profundizan mas y mas el divorcio entre el centro y la periferia, en fin si en el capitalismo naciente la comuna fue una alternativa, en la actualidad es la antítesis directa del imperialismo. Entonces al estilo de Rosa Luxemburgo seria “Comuna o Barbarie” y Chávez en el Golpe de Timón Lo colocó de la siguiente forma “Comuna o Nada”
La comuna es el paso adelante de la clase trabajadora, de allí la importancia de avanzar con paso firme y lograr de manera definitiva romper con las trabas económicas, sociales y culturales del capital que están presentes en la vida cotidiana de nuestro pueblo trabajador.
Acabar con la Fuerza Espiritual de Represión
Otra de las tareas que asumió la Comuna de Paris fue la destrucción del Poder Espiritual de la Represión, es decir acabar por completo con el poder de la Iglesia y a su vez del que ejercían los curas sobre el pueblo. Este es otro elemento clave a visualizar y a contrastar en la realidad venezolana,  ¿Quién ejerce hoy la dominación espiritual? Mientras no esté clara la respuesta a esta interrogante no lograremos dar un golpe efectivo al poder burgués.  ¿Acaso es “El Fetiche de la Mercancía” la nueva religión? ¿Son los medios de comunicación masiva “los Curas” del siglo XXI? La Comuna como expresión política, económica y social debe asumir el conjunto de las expresiones de poder construir junto a al pueblo nuevas formas de Auto-gobernarse, en Venezuela esa tarea debe asumirla el Poder Popular Comunero y consejista son ambas formas heredadas de las Luchas políticas del proletariado mundial que recogemos hoy y ajustamos a nuestro momento y contexto histórico.
Los Comuneros y Consejistas, en definitiva el Poder Popular debemos asumir que la construcción de las comunas no es un proceso de un día o de un año, sino que por el contrario trae consigo una modificación de los patrones de vida impuestos por el capitalismo, debemos asumir que es una lucha permanente por liberarnos de las cadenas que nos mantienen unidos a la lógica del capital que bestializa al Hombre y a la Mujer. En este sentido de la construcción de las comunas y de sus nuevas relaciones sociales depende la conquista de la Emancipación Humana, Parafraseando a Michael Lebowitz si  “El socialismo no cae del cielo” La Comuna tampoco. Las Comunas en Venezuela serán lo que el pueblo trabajador, explotado, organizado y combativo  pueda construir.

Carlos Rodriguez
@carloskmarada
 

VÍNCULO Y MEDIACIÓN ENTRE LA TEORÍA Y LA PRÁCTICA

  1. PRESENTACIÓN
  2. VÍNCULO Y MEDIACIÓN ENTRE LA TEORÍA Y LA PRÁCTICA
  3. OBSTÁCULOS HISTÓRICOS AL DESARROLLO DE LA PRAXIS
  4. OBSTÁCULOS BURGUESES AL DESARROLLO DE LA PRAXIS
  5. LA PRAXIS COMO MEDIACION COMUNISTA
  6. LA PRAXIS COMO PEDAGOGÍA REVOLUCIONARIA
1.- PRESENTACIÓN:
Los organizadores del I Encuentro Internacional de Escuela de Cuadros, a celebrar a mediados de enero de 2011 en Caracas, me han pedido que intervenga en dos conferencias: una sobre vínculos y mediaciones entre la práctica y la teoría, y otra sobre “Historia e historias de la formación”, que recoja mi experiencia al respecto. En apariencia versan sobre cosas diferentes según se puede interpretar a simple vista, en una lectura superficial de los títulos. Pero en la realidad social apuntan a una misma problemática,  a saber, cómo lograr que la praxis revolucionaria realizada por un sector más o menos minoritario dentro del pueblo trabajador en su conjunto, como es el de las organizaciones de izquierdas, grupos y partidos revolucionarios, etc., llegue a la totalidad de éste o a su inmensa mayoría, siendo comprendida y asumida en la acción. Si estudiamos los primeros textos marxistas, anteriores incluso al Manifiesto Comunista, vemos que en ellos tanto la teoría como la formación política de la clase trabajadora, son partes de un mismo problema, de una totalidad que engloba diversas instancias o niveles internos que sólo pueden comprenderse desde esa totalidad, nunca separados, nunca aislados unos de otros.
Sin embargo, esta cuestión es una de las más difíciles de ser entendidas no sólo por los no marxistas y antimarxistas, como es lógico, sino también por muchas personas que piensan que ya dominan este método para la revolución comunista. De hecho, estamos ante uno de los problemas cruciales que al no ser resueltos correctamente en la lucha ayudan a explicar, junto a otras razones, las derrotas de las masas explotadas. La ruptura entre la práctica y la teoría fue uno de los desencadenantes de la implosión de la URSS y del “socialismo” que tenía en ella su dogma idealizado. También está en la base de la periódica tendencia a la aparición de corrientes neokantianas de izquierda, agnósticas, reformistas, etc., que se dicen marxistas. En la medida en que la teoría, el pensamiento, no está indisolublemente unido a la práctica mediante la praxis, en esa medida, al final, la realidad aparece como incognoscible en su esencia siempre móvil, y al ser incognoscible se puede caer y se cae en cualquier forma de separación de la “cosa en sí” con el pensamiento limitado a captar solamente la forma externa.
Debemos empezar advirtiendo de que es imposible encontrar una solución definitiva y permanente a la cuestión del vínculo y de las mediaciones entre la teoría y la práctica. Creer que sí era posible lograrlo fue y es otro de los errores desastrosos de muchas izquierdas revolucionarias que creían haber dado por fin con la poción mágica, con la fórmula magistral que instaura para siempre la correcta interacción entre la práctica y la teoría. Muchas izquierdas se han dormido en los laureles de triunfos meritoriamente conseguidos, arrancados con heroísmo y sufrimiento, creyendo que ya estaba asegurada para siempre la dialéctica del pensamiento con la acción, de la estrategia con la táctica, del futuro con el presente, etc. Drogadas por la victoria, tal vez cansadas, cometieron el error de creer que lo fundamental estaba ya asegurado para siempre, sin posibilidad de retroceso y menos aún de derrota, y comenzaron a deslizarse imperceptible pero cada vez más rápido por la dulce y cómoda cuesta abajo del dogmatismo triunfalista.
Sin embargo, una lectura en profundidad de las primeras obras marxistas, sobre todo de las “Tesis sobre Feuerbach” de 1845, nos indica dos cosas decisivas en esta cuestión: una, que es la praxis la mediación entre teoría y práctica; y otra, que se trata de un proceso inacabable porque “el propio educador necesita ser educado” durante el mismo proceso de cambio de la realidad mediante la praxis, mediante la acción “práctico-crítica”, y dado que no se trata de interpretar la realidad, sino de “transformarla”, por ello mismo nos enfrentamos a una muy larga lucha que sólo llegará a su fin en la sociedad comunista. Pero será un fin que actuará como nacimiento de una nueva relación entre la teoría y la práctica. Desgraciadamente los denominados “textos juveniles” de Marx y otras obras posteriores no fueron conocidas hasta hace poco tiempo, quedando fuera del estudio de muchos marxistas de la segunda generación, los que vivieron la oleada revolucionaria del primer tercio del siglo XX. Ahora, tras la implosión de la URSS y en medio de la crisis global y cualitativamente más grave que todas las anteriores del capitalismo, ahora esta problemática recupera toda su vital importancia.
2.- VÍNCULO Y MEDIACIÓN ENTRE LA TEORÍA Y LA PRÁCTICA
Aunque todos intuimos qué entendemos por “teoría” es conveniente, para evitar equívocos, sentar una mínima base de consenso: si bien la primera definición griega de teoría hacía referencia a una especie de mirada pasiva a la realidad, en la definición marxista la teoría es un cuerpo complejo de interacciones entre tres componentes: uno, los métodos racionales de pensamiento, reglas, matemáticas, lógica, etc., adecuados a la realidad tratada por esa teoría; otro, la interpretación cultural, filosófica, etc., que de esos métodos racionales y del contexto sociohistórico objetivo hacen los teóricos; y último, las estructuras socioeconómicas y políticas dominantes en ese contexto sociohistórico, que influyen más o menos en la marcha práctica de la teoría, acelerándola o frenándola. La práctica social, sus resultados materiales, es la que define el criterio de veracidad por el que se juzga a toda teoría. De este modo, la teoría y la práctica interactúan permanentemente obligando tarde o temprano a las creencias e interpretaciones subjetivas a ponerse a la altura de los resultados objetivos confirmados en la práctica. Las mediaciones y los vínculos entre ambos componentes unidos en la síntesis y separados en el análisis, nos explican cómo se expresan en su interacción.
El concepto de “mediación” es fundamental para la dialéctica marxista porque hace referencia a la forma mediante la que se muestran las cualidades de las cosas en interacción, choque y unidad permanente entre ellas dentro de una totalidad superior. La mediación muestra cómo los conceptos se delimitan y a la vez se influyen, se definen, se separan y se reencuentran al son del movimiento contradictorio de lo real, creando en esos choques otros conceptos nuevos, más ricos en interacciones, a partir de los antiguos. La mediación entre la teoría y la práctica, tomados estos conceptos ahora sólo en el momento del análisis, como los extremos de un proceso, esta mediación es la praxis, que en su etimología griega original significaba, entre otras cosas, cualquier cosa realizada por una persona libre, no esclavizada ni dependiente, sino libre, dueña de sí, de su pensamiento y de su acción. Marx recupera y enriquece este concepto originario griego al insistir en que la praxis es la creación de algo nuevo, liberador y emancipador. De este modo, la mediación entre teoría y práctica sólo puede ser plena si se realiza dentro de un proceso creador, liberador.
La liberación mediante la praxis se expresa de dos maneras diferentes unidas en su esencia: por un lado,  la reducción del tiempo de trabajo necesario y sobre todo del tiempo de trabajo   explotado; y por el otro lado,  el aumento de la potencialidad creativa de la especie humana, que se basa en que el tiempo libre y propio, el conquistado gracias a la reducción del tiempo de trabajo, es dedicado a la multiplicación exponencial de las capacidades creativas. Es por esto que puede ocurrir, y de hecho así sucede, que únicamente realicemos una parte de la praxis, por ejemplo, la reducción del tiempo de trabajo y el aumento correspondiente del tiempo libre, pero que no utilicemos ese tiempo liberado, recuperado al sistema capitalista, en aumentar nuestra libertad creativa sino que lo desperdiciemos en cosas innecesarias, o peor aún, que lo malgastemos reforzando al sistema que nos oprime comportándonos como éste quiere que lo hagamos durante ese tiempo libre.
Nos encontramos pues ante la necesidad de definir con más detalla las mediaciones y los vínculos entre práctica y teoría, ya que es la lucha de clases y la conciencia revolucionaria individual la que imponen a grandes rasgos las mediaciones entre ambos extremos. Por ejemplo, el poder burgués impone el tiempo explotado, como veremos, para reducir el tiempo libre necesario para la praxis, mientras que el movimiento obrero y revolucionario quiere imponer el tiempo liberado. Dependiendo de esta lucha irreconciliable, si gana el capital seguirán totalmente separadas la teoría de la práctica, pero si van ganando las fuerzas revolucionarias  podrán avanzar en su fusión. Por tanto, en el plano de las contradicciones sociales, las mediaciones son también sociales y marcan el devenir de la interacción entre la teoría y la práctica.
3.- OBSTÁCULOS HISTÓRICOS AL DESARROLLO DE LA PRAXIS
Por razones de brevedad, vamos a exponer muy sucintamente los tres grandes obstáculos que frenan y condicionan negativamente el desarrollo de la praxis. Por orden histórico: uno, el hábito humano a retroceder a lo seguro, al dogma y al idealismo en situaciones de incertidumbre y riesgo extremo; dos, el surgimiento de la escisión mente/mano y el surgimiento de la abstracción-mercancía; y tres, el surgimiento del fetichismo de la mercancía.
Bajo contextos de escasas fuerzas productivas, de falta de recursos de subsistencia, de precarización y de miedo a los peligros exteriores, la sociedad humana antiguas tiende a refugiarse en el conocimiento ya adquirido, no arriesgándose apenas a nuevos experimentos porque, según dice el refrán popular: “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Sabemos que los refranes son contradictorios, y que sirven para justificar una cosa y su contrario, pero no es menos cierto que, por término general, hasta que el capitalismo no necesitó supeditar el conocimiento humano a su afán de beneficio, transformándolo en una fuerza productiva más, hasta entonces muy pocas sociedades precapitalistas habían dado un impulso sostenido al desarrollo de la ciencia. Eso era debido, entre otras cosas, al enorme peso reaccionario de la tradición, de la costumbre, de lo aprendido hasta entonces y que mal que bien sigue resolviendo los problemas. La historia del pensamiento, de la filosofía, de la cultura, de la ciencia, etc., refleja este conservadurismo y dogmatismo, que se refuerzan en el desarrollo del idealismo como enemigo del materialismo. Sin embargo, presionados por el agotamiento de los recursos, el conservadurismo tuvo que ceder a la fuerza del método experimental basado en la observación de los  procesos naturales. El duro tránsito del paleolítico al neolítico refleja la lucha permanente entre el temor a lo nuevo y la necesidad de experimentarlo para no morir de hambre. Muy lentamente, las mediaciones entre práctica y conocimiento fueron haciéndose más ágiles gracias a la agricultura y a la ganadería.
Pero aquí apareció el segundo gran obstáculo histórico a la praxis: la escisión entre el trabajo intelectual y el trabajo manual impuesta por una minoría que monopolizó el saber, la escritura, la aritmética, la geometría, la astronomía, y que condenó a la mayoría a la ignorancia y al trabajo extenuante. Fueron las mujeres las más expropiadas del conocimiento social que ellas mismas habían producido y acumulado en su gran parte.  Según ascendía el patriarcado y retrocedía el papel de la mujer, también el poder material e intelectual era monopolizado por una minoría masculina. Los propietarios de la riqueza y del conocimiento necesitaban la superstición y la ignorancia del pueblo. Las filosofías idealistas fueron impulsadas por estas minorías, en detrimento de las materialistas. La mayoría ignorante, creyente y trabajadora aceptaba lo dicho por los escribas y sacerdotes. La praxis apenas tenía cabida en estas sociedades porque el trabajo intelectual y el manual estaban abismalmente separados. Solamente los pequeños grupos de sabios, administradores y funcionarios podían unificar la práctica con la teoría, y lo hicieron muy bien, dentro de sus límites, alcanzando grandes éxitos materiales.
Desde el siglo –VIII dne se aceleró el comercio, los viajes y la producción mercantil, con la aparición de una clase social interesada en unir el conocimiento con el dinero, y tanto en Grecia como en China, esta clase llegó a la conclusión de que el saber es un tesoro, una riqueza, algo que produce beneficio, y que no debe ser cedido a la masa trabajadora, a las mujeres y a los pueblos esclavizados. La filosofía materialista se reforzó con los descubrimientos productivos, geográficos y culturales, pero en manos de esa clase comerciante expansiva. Producción mercantil simple, comercio, viajes, dinero, contabilidad, geografía, matemáticas, piratería, guerra y saqueo, imperialismo, todo esto necesitaba de reglas de pensamiento racional y de abstracciones conceptuales fiables basadas en la experiencia del comercio mercantil. Surgió así la abstracción-mercancía, es decir, que la mediación entre el pensamiento y la práctica se realiza mediante el valor mercantil, elevado a una abstracción que lo mide todo. La abstracción-mercancía no anula el contenido de verdad de la teoría, la capacidad del pensamiento para sintetizar racionalmente lo logrado con la práctica social, sino que muestra que esa verdad está socialmente determinada en sus limitaciones históricas, que es “falsa conciencia necesaria” porque, en la economía mercantil, no puede existir otra. Por tanto, la mediación entre teoría y práctica está así objetivamente limitada por las contradicciones de la producción mercantil y de su comercio. Por esto mismo, al debilitarse y al hundirse la economía mercantil, se debitó y se hundió el pensamiento racional filosófico y protocientífico materialista, retrocediéndose al oscurantismo fanático e idealista de las religiones.
Por último, el tercer gran obstáculo que frena la praxis surgió definitivamente en la fase industrial del capitalismo, cuando la mercancía podía fabricarse en masa. Ya hemos visto que la abstracción-mercancía apareció con el desarrollo del comercio, y que ya para entonces existía un embrión de fetichismo de la mercancía mediante la adoración del dinero atesorado, el dios Baal o de un Buda recubierto de oro, por ejemplo, pero sobre todo la identificación entre conocimiento y dinero. En el capitalismo, esta identificación se realiza mediante la mercancía que se vende y se compra en el mercado, el sitio en el que personas y bienes se pulverizan en el valor de cambio. Las diferencias cualitativas entre ellas desaparecen y las mercancías dominan la totalidad con la omnipotencia de un fetiche adorado por las personas. Las diferencias sociales, las clases enemigas y la explotación desaparecen para convertirse en una masa aborregada y genuflexa en el templo mercantil. Ante el altar del dinero, las personas elevamos al rango de fetiche adorable a la mercancía, a lo que es un simple producto de nuestro trabajo en el capitalismo. Nos humillamos ante las cosas que hemos creado con nuestro trabajo, tratándolas como dioses, como fetiches caprichosos y omnipotentes, mientras que, a la inversa, reducimos a las personas, nos reducimos a nosotros mismos, a simples cosas deshumanizadas, impersonales, que deben ser tratadas sin consideración alguna. Las mercancías, lo que se compra y se vende, está en el altar y le debemos obediencia, y nosotros, sus creadores, estamos arrodillados.
Una vez que vivimos bajo esta dictadura y la aceptamos como justa y lógica, desaparece nuestra capacidad de comprensión teórica y de transformación práctica de lo que existe porque interpretamos la realidad de forma inversa a lo que ciertamente es. Adoramos al capitalismo porque adoramos a su forma externa, la mercancía, y odiamos al enemigo del capitalismo, la clase trabajadora y nosotros mismos, porque le hemos reducido a una cosa detestable. Por esto rechazamos toda acción o pensamiento críticos, porque niegan lo que creemos ser y deseamos ser. En este universo invertido, creemos ser libres cuando somos oprimidos, y creemos tener los mismos derechos que la burguesía cuando sólo tenemos el derecho a ser explotados ya que, en la realidad objetiva del capitalismo, vivimos sólo del salario que un burgués nos da tras explotar nuestra fuerza de trabajo, cayendo en el desempleo y empobrecimiento si perdemos el salario. Malvivimos en la nueva esclavitud asalariada, más perversa que la esclavitud tradicional porque la asalariada hace creer al esclavo que es libre, cuando no tiene ni siquiera el derecho al mínimo sustento que tenía el esclavo, a no ser que lo consigna con feroces luchas sociales.
4.- OBSTÁCULOS BURGUESES AL DESARROLLO DE LA PRAXIS
Pero la interacción de los tres grandes obstáculos que frenan la reunificación de la teoría con la práctica mediante la praxis, no logra evitar que periódicamente surjan resistencias, estallen motines y rebeliones, y se recuperen las organizaciones revolucionarias reprimidas o desactivadas. Siempre que exista opresión existirá resistencia a la opresión, por muy subterránea que sea, por muy débil que se encuentre. Siempre que la explotación diaria, en la práctica cotidiana, sea una realidad, siempre tarde o temprano aparecerá un pensamiento, una utopía, un ideal emancipador que explique por qué existe esa explotación, a quién beneficia y a quiénes perjudica, cómo luchar contra ella y qué sociedad futura debemos construir sin explotación. Las personas dominadas, sean mujeres, clases y/o pueblos, pueden sufrir en la pasividad su dolor por la dominación, y pueden darle explicaciones idealistas que justifiquen su mansedumbre, pero tarde o temprano terminan preguntándose por qué el amo, el conde, el obispo, el banquero, el empresario, el militar, viven mejor, trabajan menos, cobran más y mienten y engañan a los explotados.
La cuestión del tiempo de trabajo, del cansancio y de la salud, del hambre, de la risa, de la justicia, de la libertad y la cultura, estas cuestiones en apariencia diferentes, van enlazándose en la vida cotidiana según se acercan la práctica de resistencia y la teoría que responde a esas dudas e inquietudes.   Las mediaciones y vínculos entre la mano y la mente van fortaleciéndose en las luchas por las mejoras prácticas con las argumentaciones que hay que elaborar para convencer a las demás personas que se sumen a la acción, porque no hay otro remedio. Conforme la praxis liberadora se enriquece y logra recuperar el tiempo propio y libre, reduciendo el tiempo explotado, en esa medida el fetichismo se debilita porque van apareciendo sin tapujos, sin velos mistificadores, las causas sociales que explican la opresión. Ahora bien, como decimos, se trata de una lucha permanente, y la burguesía y su Estado también reaccionan y contraatacan mediante cuatro grandes estrategias.
Una, aumentar el horario de trabajo y su intensidad, incrementando así el agotamiento psicofísico y reduciendo por tanto el tiempo libre, de modo que se merme la capacidad física e intelectual de las clases explotadas, agotadas al cabo del día y necesitadas de su dosis de pasatiempos embrutecedores. La intensidad del trabajo, el desgaste psicológico y nervioso que genera, se une al desgaste físico de la jornada laboral y del tiempo dedicado al transporte. Es la totalidad psicosomática la que pierde facultades y la que exige más tiempo de descanso y de recomposición, lo que sólo se obtiene si se reduce el tiempo libre. Durante el tiempo de descanso y de recuperación psicosomática, imprescindible para seguir trabajando, las facultades intelectuales no están al máximo de su potencia, tampoco lo está  la capacidad crítica y menos aún la imaginación creativa, que es una facultad humana decisiva para el avance teórico y que debe ser alimentada con toda la información disponible. Por tanto, reducir como sea el tiempo libre, en el que mejor y más rápidamente podemos desarrollar la praxis, es una necesidad para el capitalismo.
Dos, aumentar las ofertas consumistas, modas y espectáculos alienantes, desde la ración diaria de pasatiempo escapista; la culturilla del sistema y la mercancías intelectuales de usar y tirar, hasta el deporte, pasando por un sin fin de otras prácticas que además de idiotizar, atan económicamente a la mayoría explotada y enriquecen a la minoría explotadora, dando encima la sensación social de “libertad” al identificar ésta al mero consumo inducido y al comportamiento teledirigido. Uno de los objetivos del sistema es que la gente se inyecte directamente en el cerebro dosis siempre mayores de alienación; otro es el de hacerle tragar el anzuelo de que puede “desarrollar su personalidad” dedicando su tiempo libre a la industria del ocio, del bricolaje, de los cursillos de cocina y de los juguetitos de miniaturas, sin olvidarnos del culto obsesivo al cuerpo y a la salud. Todo con tal de impedir que el tiempo libre sea dedicado a la praxis.
Tres, el recurso de las múltiples drogodependencias, desde la legales y abundantemente recetadas por la sanidad oficial, hasta las ilegales y no perseguidas, usadas como arma de exterminio físico de “poblaciones peligrosas”, y las alegales, las que se mueven en los espacios grises siempre existentes entre una ley envejecida y la permanente innovación de las industrias de la drogodependencia. Es innegable es uso por la burguesía y por el imperialismo de las drogas como armas de exterminio biológico de miles de jóvenes potencialmente subversivos, y de pueblos enteros, pero también como calmante para miles de adultos frustrados y derrotados en sus vidas, que necesitan sus dosis de alcohol para escaparse de su miseria cotidiana, así como los euforizantes que la clase trabajadora y las mujeres han de tomar cada mañana para sacar fuerzas de flaqueza en su diaria sumisión al capitalismo. Y donde la drogodependencia manda, la praxis desaparece.
Y cuatro, la interacción de las diversas represiones contra sujetos y colectivos que pueden irse radicalizando en su praxis, es el recurso definitivo cuando han fallado los anteriores. El miedo a la represión, a las multas por actos públicos, a los embargos, a la cárcel, a la pérdida del trabajo y del prestigio oficial, etc., es un poderoso instrumento que corta de raíz la interacción entre la teoría y la práctica. Muchas personas atemorizadas dejan de practicar sus ideas, se recluyen en la pasividad a la espera de mejores tiempos, dedicándose mientras tanto a dar rienda suelta a sus elucubraciones intelectuales. En el medio académico, en la universidad y en las llamadas “profesiones liberales”, es muy frecuente esta autoreclusión en un mundo imaginario para evitar las sutiles o descaradas amenazas y represiones. Acobardados por las consecuencias de la práctica, los intelectuales se aíslan en sus elucubraciones, huyendo de la crítica radical y concreta, la de la praxis, y  licuando la teoría hasta dejarla en una sopa insustancial e insípida. Frecuentemente realizan espectaculares giros bruscos desde la extrema izquierda a la que pertenecieron a la extrema derecha o al centro-derecha, que les agasaja con grandes sueldos. Muy pocos detienen su decadencia en el centro reformista, y apenas ninguno sigue en la izquierda revolucionaria. En el medio académico, las mediaciones entre la práctica y la teoría concluyen donde empieza la poltrona.
5.- LA PRAXIS COMO MEDIACION COMUNISTA
El movimiento comunista internacional pudo dar el paso del socialismo utópico al socialismo marxista sólo mediante crisis internas y ásperas luchas contra la burguesía. Fue un proceso iniciado en la década de 1830, que se afianzó en la de 1840 pero que no estuvo realmente seguro hasta que las terribles lecciones de la guerra mundial de 1914 demostraron la corrección teórica del marxismo. Una vez más, fue la práctica en su forma más extrema la que corroboró el potencial revolucionario de este método teórico-político. Si bien Marx,   Engels, Lenin, Rosa Luxemburgo, Trotsky, Mariátegui, Gramsci, etc., tuvieron un importante papel en este avance, el mérito hay que atribuirlo a la interacción entre las masas en lucha y las organizaciones de vanguardia. Desde entonces se han acumulado muchas experiencias en todo el mundo que, en síntesis, confirman y mejoran lo esencial de la praxis desarrollada en aquella época. Aquí vamos a resumirla en cinco puntos.
Primero, las mediaciones entre la práctica y la teoría se realizan en la praxis militante, en la acción política, sindical, vecinal, social, cultural, etc. Sin un contacto directo con las formas de organización, debate y decisión, de lucha y de autocrítica practicadas por los movimientos y grupos en sus resistencias a las opresiones que sufren, sin este contacto interno realizado en el mismo proceso de lucha, más temprano que tarde el pensamiento, la teoría, terminan separándose de la realidad, de las contradicciones sociales, de las inquietudes y preocupaciones de la gente. Una vez rota la conexión práctica, material y vívida de la mente con la mano, la teoría comienza a deslizarse por la cuesta abajo de la subjetividad, alejándose del imprescindible oxígeno de la objetividad crítica que sólo se obtiene en la acción colectiva. De aquí al reformismo o a la derechización extrema, hay poco espacio. Las grandes síntesis teóricas del marxismo, avances cualitativos innegables, se han realizado siempre gracias a esta praxis revolucionaria inserta en la vida misma, praxis en la que la clandestinidad, las medidas de seguridad, el exilio, la cárcel y el destierro, etc., han sido directa o indirectamente una constante y un aliciente para el buen pensamiento. El academicismo intelectualista progre ha aportado mucho menos a la emancipación humana que la praxis comunista realizada en las condiciones más duras.
Segundo, a lo largo de esta la praxis deben simultanearse en la medida de lo posible todas las críticas a la realidad capitalista, desde la explotación económica hasta la dominación cultural e ideológica, pasando por la opresión política y la alienación religiosa. El movimiento socialista ha realizado la crítica ética del capitalismo casi siempre en el interior de estas otras denuncias, sin explicitarla filosóficamente como crítica concreta más que cuando existían condiciones suficientemente desarrolladas. Ello ha sido debido a que la denuncia ética y moral tiende, por su nivel de abstracción, a ser difícil de comprender si no se realiza y se vive en una problemática ya abiertamente injusta. Del mismo modo, la denuncia del sistema patriarcal, de la opresión de las naciones, del racismo y de la xenofobia, estas y otras críticas nos imprescindibles, además de por razones de justicia y de ética, también por la lógica dialéctica de la praxis comunista, por el hecho de que hay que desvelar y descubrir todas las contradicciones ocultas inherentes al capitalismo. En la medida en que alguna de ellas siga operando sin una denuncia sistemática, se debilitarán las mediaciones entre la práctica y la teoría quedando ambas mutiladas y empobrecidas.
Tercera, el movimiento revolucionario, también en su inicial fase utópica, siempre ha insistido en la necesidad imperiosa del rigor metodológico, en la minuciosidad analítica, en la objetividad, calidad y amplitud cuantitativa de las fuentes de datos. La teoría no puede desarrollarse sin el esfuerzo paciente del método científico-crítico, del método dialéctico, el único que descubre lo esencial de cualquier problema debajo de su apariencia externa. El método científico consiste en encontrar las fuerzas subterráneas que, en su movimiento, generan las tempestades en la superficie de la mar. En este esfuerzo racional y sistemático, no puede faltar la acción de la filosofía, de los valores y de la subjetividad revolucionaria, pero siempre integradas en la totalidad de la praxis. En las mediaciones entre la teoría y la práctica, el denominado “factor subjetivo” interviene como un vínculo más supeditado, como el resto, al criterio de la práctica. El marxismo rechaza radicalmente el desprecio de lo subjetivo, y reivindica su papel en la praxis como una mediación decisiva entre lo que se hace y lo que se piensa. La imaginación creativa, el deseo de un mundo mejor, el odio a la injusticia y a la opresión, la opción por la humanidad oprimida, estos valores subjetivos, son componentes activos en la praxis, y por ello dan el salto a fuerzas materiales y objetivas cuando son asumidos y practicados por las clases oprimidas. 
Cuarta, llegados a este nivel hay que insistir en la tarea decisiva que tiene la fusión de la elaboración teórica descrita con el movimiento real de la lucha de clases. Tanto los obstáculos históricos como los burgueses arriba vistos impulsan la tendencia a la burocratización de las organizaciones y a su distanciamiento de las masas, que en el fondo es la misma degeneración. Si la interacción entre la militancia revolucionaria y las luchas concretas a pie de calle y de fábrica, en la vida cotidiana, es un requisito imprescindible para las mediaciones básicas entre la práctica y la teoría, esta importancia se multiplica incluso cuando el proceso revolucionario avanza integrando más y más sectores sociales. Al aumentar la complejidad de la lucha, de las reivindicaciones y, con ella, la dureza de la resistencia de la burguesía, la contrastación práctica de la teoría aparece más urgente y vital a cada nuevo paso, sobre todo el en componente político que siempre tiene que tener la teoría. Conforme se acelera el proceso revolucionario, el componente político de la teoría adquiere mayor importancia, sobre todo el componente que teoriza la necesidad de tomar el poder y de crear un poder revolucionario.
Y quinta, cualquier teoría concreta tiene contenido político más o menos explícito. Desde el método marxista, ese contenido va adquiriendo importancia dentro de la teoría en la medida en que ésta se fusiona con la práctica mejorando la praxis revolucionaria. No puede ser de otro modo ya que la teoría, si es correcta, termina desvelando la estructura capitalista basada en la explotación asalariada, en la opresión política y en la dominación ideológica. La veracidad de la teoría se realiza, en definitiva, cuando la política y el poder burgués reprimen la praxis revolucionaria, la lucha de las masas. Cuando va tomando forma el problema del poder y de la política, las mediaciones entre la crítica teórica y la crítica práctica deben realizarse mediante una gran riqueza de análisis porque deben superar los enormes obstáculos que el sistema pone para ocultar la explotación y falsificar la realidad. La lógica formal, método típico del reformismo, no sirve para superar estas trabas y para dotar a la teoría de la suficiente radicalidad de estudio. Las grandes obras marxistas, comparadas con la flojedad de la sociología burguesa, muestran una rara habilidad y agilidad de movimientos intelectuales para penetrar en los complejos laberintos de las contradicciones sociales.
6.- LA PRAXIS COMO PEDAGOGÍA REVOLUCIONARIA
La mediación comunista entre la teoría y la práctica es un proceso inacabable dentro del capitalismo debido a la naturaleza alienante de este modo de producción y, además, porque la burguesía siempre contraataca con todos sus recursos, dotándose se otros nuevos cuando los necesita. El capitalismo no sólo dispone para perpetuarse del fetichismo de la mercancía, sino también de la separación entre el trabajo manual e intelectual y de la abstracción-mercancía, así como de la inercia conservadora de la especie humana en situaciones de peligro. Estas fuerzas reaccionarias que impiden la interacción entre la mano y la mente, y que en buena medida se anclan en anteriores modos de producción, se refuerzan con las medidas típicamente burguesas de reducción del tiempo libre, de manipulación y drogadicción, y de miedo paralizante.
Para enfrentarse a esta maquinaria en constante mejora, la militancia revolucionaria solamente tiene la formación mediante la praxis,   único método pedagógico que puede ir por delante de los contraataques burgueses, preparando a la militancia para avanzar en las luchas y para no ser desbordada por las innovaciones burguesas. La formación es un momento de la praxis porque es un momento de la teoría y de la práctica. La formación no es un cursillo aislado, que se realiza mecánicamente, como un rito obligado, sino que es una parte sustancial de la misma lucha permanente. No existe teoría sin formación teórica, ni práctica sin revisión crítica de ella misma, que es la autovaloración de la misma lucha. La autocrítica es la formación teórica realiza sobre y para sus mismos fundamentos y resultados. La autocrítica exige de una correspondiente formación teórica y de una experiencia práctica. Partiendo de aquí, ofrecemos cuatro consejos muy básicos   sobre cómo ha de ser la metodología de formación de la militancia:
Uno, antes que nada y además de permanente, la formación ha de ser colectiva, concreta y motivadora, que suscite la ilusión y la creatividad. La formación individual sólo es factible en temas simples y reducidos, y siempre que esté guiada y supervisada colectivamente. La verdadera formación revolucionaria únicamente es posible en un contexto organizativo que aporte experiencia, conocimiento y rigor crítico. A la vez, en un primer momento, ha de estudiar y formar sobre problemas concretos directamente relacionados con las necesidades prioritarias de la militancia, aquellas cuya no resolución desanima y desmoviliza. La formación teórica más profunda se realizará después. Los primeros cursos formativos deben partir de lo concreto para abrir la mente a realidades más profundas y complejas, que serán estudiadas en cursos posteriores ya planificados y que deben aparecer en el programa general. Anima saber que se asiste a un curso permanente  y cada vez más abarcador y profundo, y ese ánimo se refuerza cuando desde el inicio se comprueba que la vida personal y colectiva mejora en calidad porque mejoran los instrumentos de transformación revolucionaria.
Pero aunque sean cursos concretos e iniciales no por ello han de ser superficiales, sino que desde antes del inicio las personas asistentes deben ser conscientes de que van a realizar uno de los componentes de la praxis: la interacción entre la teoría y la práctica en la cuestión sobre la que se forman, y que eso requiere esfuerzo intelectual. Desde la historia del sindicalismo, hasta la lucha contra el patriarcado, pasando por las formas de organización, la defensa de los derechos, etc., temas siempre estudiados en su concreción inmediata y próxima a los asistentes, en todos estos problemas vividos diariamente porque son los de la militancia, siempre hay que buscar la formación teórica y pedagógica,  es decir, que una el imprescindible rigor teórico con la imprescindible facilidad de comprensión.
Dos, en los cursos más generales y profundos, por ejemplo, sobre el sindicalismo y la teoría de la plusvalía, sobre por qué y cómo luchar contra el salario, sobre por qué nunca pueden existir esas mentiras del “salario justo” y de la “justicia social”, etc., en estos y en todos los casos la formación han de contrastar las consecuencias prácticas de la teoría marxista y de la ideología burguesa sobre esas y otras mentiras. Muy frecuentemente, cometemos el error de la explicación unilateral, del estudio aislado y en solitario del marxismo sin compararlo con su enemigo irreconciliable, la ideología burguesa en acción. Este error es más nefasto todavía cuando tenemos que debatir sobre el socialismo en general, en su evolución, etc.: incluso aunque analicemos críticamente la implosión de la URSS, nunca comparamos sus innegables logros con la realidad del capitalismo mundial en su época. La contextualización y el contraste, exigencias del método dialéctico, casi nunca se realizan en la formación revolucionaria. No puede existir una formación teórica marxista que no se realice sobre la permanente comparación con lo realizado por la burguesía, pues la dialéctica exige el estudio de la unidad y lucha de contrarios irreconciliables.
Cumplir con el método dialéctico es especialmente necesario cuando la formación busca conocer más en profundidad la vida y obra de las personas marxistas más creativas: nos limitamos a examinar las obras de Marx, pero no comparamos su praxis con la de Comte, o con la de Malthus, o con la de Ricardo. No comparamos a Engels con Bismarck, ni a Lenin con Weber, ni a Rosa Luxemburgo con Durkheim, ni a Stalin con Hitler, ni a Mao con Hiro Hito, etc. De este modo, reforzamos el dañino individualismo metódico burgués, que trocea la realidad, que sobrevalora al “gran hombre” y menosprecia a las masas, y sobre todo, que impide demostrar la cualitativa superioridad de la praxis comunista sobre el egoísmo individualista burgués. Si reforzamos el individualismo metódico fortalecemos la separación entre teoría y práctica, legitimamos la ideología burguesa y no demostramos el terrible efecto del fetichismo pues seguimos viendo a los grandes criminales capitalistas como intocables. Por el contrario, aplicando el método dialéctico demostramos la innegable superioridad histórica del socialismo sobre el capitalismo.
Tres, a la vez todo curso de formación ha de estar asentado en la realidad de clase, de sexo-género y de nación opresora u oprimida en la que ha nacido y lucha la militancia. No puede organizarse ningún programa de formación que no parta y que no termine en el contexto de lucha en el que se realiza. Aceptar el cosmopolitismo y la estupidez del supuesto “ciudadano del mundo”, e incluso un “internacionalismo” abstracto, es la mejor ayuda que podemos hacerle a la clase dominante que nos machaca aquí mismo, y por extensión al imperialismo. Pretender formar a la militancia sin insistir en la explotación patriarcal y en la asalariada es caer en el agujero negro del interclasismo y del machismo burgués. La formación ha de hincar el diente a las dinámicas opresoras más duras y efectivas, las que determinan el resto de los comportamientos sociales, de las ideas políticas y de las alternativas de futuro.
La presencia explícita o implícita de estas tres realidades nos debe llevar a la crítica del poder estatal como centralizador de las represiones, y a la explicación de la necesidad del poder estatal revolucionario. Arriba hemos visto cómo toda teoría tiene un contenido político, pero ahora profundizamos en el contenido de poder de la explotación asalariada, de la dominación patriarcal y de la opresión nacional. La formación teórica debe mostrar siempre que estas tres problemáticas solamente pueden resolverse mediante la praxis de un Estado obrero, y que antes pueden avanzar en su mejora táctica con la creación de contrapoderes y situaciones de doble poder. Sea de forma directa o subyacente, cualquier curso de formación que quiera profundizar en cualquiera de las formas con las que opera el capitalismo debe diseñar su método de tal forma que estas realidades aparezcan como estructurales dentro del capitalismo, y sometidas a la lógica de la acumulación y del máximo beneficio. Una teoría que no lo tenga en cuenta niega la realidad y, en un primer momento, reduce la práctica a mera verborrea, y luego abandona la práctica porque más temprano que tarde esta siempre choca con esa realidad de fondo.
Y cuatro, además de estos y otros cursillos, también has de enseñarles métodos de lectura, de extraer apuntes y de resumir las ideas esenciales de un texto, de oratoria, de llevar reuniones públicas, de preparar debates, de organizar actos de reflexión colectiva, etc. Según los casos y asistencia, conviene organizar grupos de debate dentro del cursillo, que tratarán sobre aspectos concretos del tema general que serán luego puestos en común. También es importante que antes del terminar el curso se pase un cuestionario de crítica y valoración colectiva, y se debata sobre si hay que hacer mejoras y cuáles al plan inicial planteado, que insertaba ese curso en una dinámica permanente.
Es muy importante en este cuarto punto el evitar la “tecnificación” de estos métodos, es decir, que se den y de reciban de forma tecnicista y neutral, como si sirvieran al margen de los intereses revolucionarios o reaccionarios. Sabemos que métodos de lectura rápida, de memorización, de coordinación de ideas, etc., son usados habitualmente por políticos burgueses, ejecutivos y empresarios para multiplicar sus capacidades organizativas, pero hay una diferencia insalvable entre estos métodos y la formación marxista. La segunda va más allá de la primera porque las técnicas de memorización, lectura rápida, etc., solamente sirven para datos e ideas ya insertas en un paradigma conocido, en una teoría o sistema de conocimientos conocidos que no exige un esfuerzo cualitativo, un aprendizaje totalmente nuevo. Mientras que el marxismo exige aprender lo antagónico con la ideología burguesa. La formación como praxis debe y puede recurrir a esas técnicas pero insertándolas en un esfuerzo intelectual más duro ya que el marxismo es la superación revolucionaria de todo el sistema burgués de pensamiento. Del mismo modo, para evitar la tecnificación de estos métodos exige tener siempre en cuenta que la formación es un proceso de emancipación integral, política y ética, que no existe la “técnica neutral” aplicable al margen de la lucha de clases, y que todo es política, todo repercute a favor o en contra de la liberación humana.
Concluyendo, la formación como momento de la praxis debe caracterizarse por la interacción de tres principios: el ejemplo como método pedagógico, lo praxis colectiva como contexto de la formación teórica, y la formación como aliciente necesario para el placer de la subversión.
IÑAKI    GIL DE SAN VICENTE
EUSKAL HERRIA  10-I-2011