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lunes, 10 de febrero de 2014

La Comuna de Paris y La construcción de la Comuna Socialista en Venezuela




“La Comuna era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta que permitía realizar la emancipación económica del trabajo” K. Marx

Tomando como referencia el escrito del camarada Karl Marx titulado “La Guerra Civil en Francia” no nos queda duda que si queremos construir La Comuna en Venezuela hay que hacerlo a partir del tras luz de la historia y de las experiencias aportadas por el movimiento proletario internacional. En este caso particular es de vital importancia el estudio de “La Comuna de Paris” , proeza combativa que hizo temblar las piernas del burgués más envalentonado y que logro cohesionar toda una clase en un solo grito y aspiración ¡Viva La Comuna!
En las propias palabras de Marx “Tomaron el cielo por asalto” eso hicieron los obreros, si en el manifiesto del partido comunista un fantasma recorría Europa, en París ese fantasma cobra vida, se hace de carne y hueso, se hace obreros organizados dispuestos a tomar el poder y despojar a la burguesía de los aparatos del Estado con los cuales los reprimían a sangre y fuego.
La Comuna debe ser una Gran Corporación de Trabajo Ejecutiva y Legislativa al mismo tiempo.
La primera gran lección que podemos asumir de esa experiencia histórica es que no basta con tomar en nuestras manos las estructuras del estado, no basta con despojar a la burguesía de su “butaca” por decirlo de alguna forma, no basta con tomar esa estructura y ponerla a trabajar para nuestros fines. Lo cual complejiza de manera importante nuestra tarea actual. Una de las primeras cosas que hicieron los comuneros fue acabar con el ejército permanente, y construyeron a su vez la Milicia Comunera, democratizando de esta forma la defensa del territorio y confiriéndola a las masas, convirtiendo a su vez a cada comunero en un soldado. Ahora esa es solo una expresión del poder, o digamos una parte, si tomamos en cuenta que el estado capitalista esta cimentado bajo la lógica de la “Division” y “Autonomia” de los poderes. Gran falacia Burguesa que funciona como doble rasero de acuerdo a las circunstancias. En el caso venezolano tenemos el Poder Legislativo, Poder Ejecutivo, Poder Judicial, Poder Electoral y el Poder Moral, que a su vez reproduce la lógica de la división social y jerárquica del trabajo, en la cual unos pocos piensan y otros muchos hacen.
La Comuna logro convertirse en el hecho concreto en un ente que no solo deliberaba sobre las nuevas leyes, sino que además ejecutaba en sentido práctico cada una de las decisiones, es decir logro romper la división de poderes burguesa, por ende cualquier experiencia de construcción de Comuna en Venezuela debe asumir como reto central acabar segmentación de clase y jerárquica del poder.
En la actualidad los estados burgueses del mundo son una estructura que sirve para defender el capital frente al trabajo, es un instrumento de los empresarios contra los trabajadores asalariados.  Es por eso que hoy más de 140años después la contradicción principal a superar y resolver sigue siendo La Contradicción Capital-Trabajo.
Los estado no son un ente imparcial o posicionado por encima de la sociedad, ya el camarada Lenin en sus textos “Sobre el Estado” y “El Estado y La Revolución” develo su papel activo en la lucha de clases y la historia del proletariado mundial nos lo ha demostrado en la práctica.
El imperialismo es hoy el arma más poderosa que poseen las elites de poder mundial, construyen estructuras supra estados, agudizan mas y mas ahora internacionalmente El capital y el Trabajo, profundizan mas y mas el divorcio entre el centro y la periferia, en fin si en el capitalismo naciente la comuna fue una alternativa, en la actualidad es la antítesis directa del imperialismo. Entonces al estilo de Rosa Luxemburgo seria “Comuna o Barbarie” y Chávez en el Golpe de Timón Lo colocó de la siguiente forma “Comuna o Nada”
La comuna es el paso adelante de la clase trabajadora, de allí la importancia de avanzar con paso firme y lograr de manera definitiva romper con las trabas económicas, sociales y culturales del capital que están presentes en la vida cotidiana de nuestro pueblo trabajador.
Acabar con la Fuerza Espiritual de Represión
Otra de las tareas que asumió la Comuna de Paris fue la destrucción del Poder Espiritual de la Represión, es decir acabar por completo con el poder de la Iglesia y a su vez del que ejercían los curas sobre el pueblo. Este es otro elemento clave a visualizar y a contrastar en la realidad venezolana,  ¿Quién ejerce hoy la dominación espiritual? Mientras no esté clara la respuesta a esta interrogante no lograremos dar un golpe efectivo al poder burgués.  ¿Acaso es “El Fetiche de la Mercancía” la nueva religión? ¿Son los medios de comunicación masiva “los Curas” del siglo XXI? La Comuna como expresión política, económica y social debe asumir el conjunto de las expresiones de poder construir junto a al pueblo nuevas formas de Auto-gobernarse, en Venezuela esa tarea debe asumirla el Poder Popular Comunero y consejista son ambas formas heredadas de las Luchas políticas del proletariado mundial que recogemos hoy y ajustamos a nuestro momento y contexto histórico.
Los Comuneros y Consejistas, en definitiva el Poder Popular debemos asumir que la construcción de las comunas no es un proceso de un día o de un año, sino que por el contrario trae consigo una modificación de los patrones de vida impuestos por el capitalismo, debemos asumir que es una lucha permanente por liberarnos de las cadenas que nos mantienen unidos a la lógica del capital que bestializa al Hombre y a la Mujer. En este sentido de la construcción de las comunas y de sus nuevas relaciones sociales depende la conquista de la Emancipación Humana, Parafraseando a Michael Lebowitz si  “El socialismo no cae del cielo” La Comuna tampoco. Las Comunas en Venezuela serán lo que el pueblo trabajador, explotado, organizado y combativo  pueda construir.

Carlos Rodriguez
@carloskmarada
 

VÍNCULO Y MEDIACIÓN ENTRE LA TEORÍA Y LA PRÁCTICA

  1. PRESENTACIÓN
  2. VÍNCULO Y MEDIACIÓN ENTRE LA TEORÍA Y LA PRÁCTICA
  3. OBSTÁCULOS HISTÓRICOS AL DESARROLLO DE LA PRAXIS
  4. OBSTÁCULOS BURGUESES AL DESARROLLO DE LA PRAXIS
  5. LA PRAXIS COMO MEDIACION COMUNISTA
  6. LA PRAXIS COMO PEDAGOGÍA REVOLUCIONARIA
1.- PRESENTACIÓN:
Los organizadores del I Encuentro Internacional de Escuela de Cuadros, a celebrar a mediados de enero de 2011 en Caracas, me han pedido que intervenga en dos conferencias: una sobre vínculos y mediaciones entre la práctica y la teoría, y otra sobre “Historia e historias de la formación”, que recoja mi experiencia al respecto. En apariencia versan sobre cosas diferentes según se puede interpretar a simple vista, en una lectura superficial de los títulos. Pero en la realidad social apuntan a una misma problemática,  a saber, cómo lograr que la praxis revolucionaria realizada por un sector más o menos minoritario dentro del pueblo trabajador en su conjunto, como es el de las organizaciones de izquierdas, grupos y partidos revolucionarios, etc., llegue a la totalidad de éste o a su inmensa mayoría, siendo comprendida y asumida en la acción. Si estudiamos los primeros textos marxistas, anteriores incluso al Manifiesto Comunista, vemos que en ellos tanto la teoría como la formación política de la clase trabajadora, son partes de un mismo problema, de una totalidad que engloba diversas instancias o niveles internos que sólo pueden comprenderse desde esa totalidad, nunca separados, nunca aislados unos de otros.
Sin embargo, esta cuestión es una de las más difíciles de ser entendidas no sólo por los no marxistas y antimarxistas, como es lógico, sino también por muchas personas que piensan que ya dominan este método para la revolución comunista. De hecho, estamos ante uno de los problemas cruciales que al no ser resueltos correctamente en la lucha ayudan a explicar, junto a otras razones, las derrotas de las masas explotadas. La ruptura entre la práctica y la teoría fue uno de los desencadenantes de la implosión de la URSS y del “socialismo” que tenía en ella su dogma idealizado. También está en la base de la periódica tendencia a la aparición de corrientes neokantianas de izquierda, agnósticas, reformistas, etc., que se dicen marxistas. En la medida en que la teoría, el pensamiento, no está indisolublemente unido a la práctica mediante la praxis, en esa medida, al final, la realidad aparece como incognoscible en su esencia siempre móvil, y al ser incognoscible se puede caer y se cae en cualquier forma de separación de la “cosa en sí” con el pensamiento limitado a captar solamente la forma externa.
Debemos empezar advirtiendo de que es imposible encontrar una solución definitiva y permanente a la cuestión del vínculo y de las mediaciones entre la teoría y la práctica. Creer que sí era posible lograrlo fue y es otro de los errores desastrosos de muchas izquierdas revolucionarias que creían haber dado por fin con la poción mágica, con la fórmula magistral que instaura para siempre la correcta interacción entre la práctica y la teoría. Muchas izquierdas se han dormido en los laureles de triunfos meritoriamente conseguidos, arrancados con heroísmo y sufrimiento, creyendo que ya estaba asegurada para siempre la dialéctica del pensamiento con la acción, de la estrategia con la táctica, del futuro con el presente, etc. Drogadas por la victoria, tal vez cansadas, cometieron el error de creer que lo fundamental estaba ya asegurado para siempre, sin posibilidad de retroceso y menos aún de derrota, y comenzaron a deslizarse imperceptible pero cada vez más rápido por la dulce y cómoda cuesta abajo del dogmatismo triunfalista.
Sin embargo, una lectura en profundidad de las primeras obras marxistas, sobre todo de las “Tesis sobre Feuerbach” de 1845, nos indica dos cosas decisivas en esta cuestión: una, que es la praxis la mediación entre teoría y práctica; y otra, que se trata de un proceso inacabable porque “el propio educador necesita ser educado” durante el mismo proceso de cambio de la realidad mediante la praxis, mediante la acción “práctico-crítica”, y dado que no se trata de interpretar la realidad, sino de “transformarla”, por ello mismo nos enfrentamos a una muy larga lucha que sólo llegará a su fin en la sociedad comunista. Pero será un fin que actuará como nacimiento de una nueva relación entre la teoría y la práctica. Desgraciadamente los denominados “textos juveniles” de Marx y otras obras posteriores no fueron conocidas hasta hace poco tiempo, quedando fuera del estudio de muchos marxistas de la segunda generación, los que vivieron la oleada revolucionaria del primer tercio del siglo XX. Ahora, tras la implosión de la URSS y en medio de la crisis global y cualitativamente más grave que todas las anteriores del capitalismo, ahora esta problemática recupera toda su vital importancia.
2.- VÍNCULO Y MEDIACIÓN ENTRE LA TEORÍA Y LA PRÁCTICA
Aunque todos intuimos qué entendemos por “teoría” es conveniente, para evitar equívocos, sentar una mínima base de consenso: si bien la primera definición griega de teoría hacía referencia a una especie de mirada pasiva a la realidad, en la definición marxista la teoría es un cuerpo complejo de interacciones entre tres componentes: uno, los métodos racionales de pensamiento, reglas, matemáticas, lógica, etc., adecuados a la realidad tratada por esa teoría; otro, la interpretación cultural, filosófica, etc., que de esos métodos racionales y del contexto sociohistórico objetivo hacen los teóricos; y último, las estructuras socioeconómicas y políticas dominantes en ese contexto sociohistórico, que influyen más o menos en la marcha práctica de la teoría, acelerándola o frenándola. La práctica social, sus resultados materiales, es la que define el criterio de veracidad por el que se juzga a toda teoría. De este modo, la teoría y la práctica interactúan permanentemente obligando tarde o temprano a las creencias e interpretaciones subjetivas a ponerse a la altura de los resultados objetivos confirmados en la práctica. Las mediaciones y los vínculos entre ambos componentes unidos en la síntesis y separados en el análisis, nos explican cómo se expresan en su interacción.
El concepto de “mediación” es fundamental para la dialéctica marxista porque hace referencia a la forma mediante la que se muestran las cualidades de las cosas en interacción, choque y unidad permanente entre ellas dentro de una totalidad superior. La mediación muestra cómo los conceptos se delimitan y a la vez se influyen, se definen, se separan y se reencuentran al son del movimiento contradictorio de lo real, creando en esos choques otros conceptos nuevos, más ricos en interacciones, a partir de los antiguos. La mediación entre la teoría y la práctica, tomados estos conceptos ahora sólo en el momento del análisis, como los extremos de un proceso, esta mediación es la praxis, que en su etimología griega original significaba, entre otras cosas, cualquier cosa realizada por una persona libre, no esclavizada ni dependiente, sino libre, dueña de sí, de su pensamiento y de su acción. Marx recupera y enriquece este concepto originario griego al insistir en que la praxis es la creación de algo nuevo, liberador y emancipador. De este modo, la mediación entre teoría y práctica sólo puede ser plena si se realiza dentro de un proceso creador, liberador.
La liberación mediante la praxis se expresa de dos maneras diferentes unidas en su esencia: por un lado,  la reducción del tiempo de trabajo necesario y sobre todo del tiempo de trabajo   explotado; y por el otro lado,  el aumento de la potencialidad creativa de la especie humana, que se basa en que el tiempo libre y propio, el conquistado gracias a la reducción del tiempo de trabajo, es dedicado a la multiplicación exponencial de las capacidades creativas. Es por esto que puede ocurrir, y de hecho así sucede, que únicamente realicemos una parte de la praxis, por ejemplo, la reducción del tiempo de trabajo y el aumento correspondiente del tiempo libre, pero que no utilicemos ese tiempo liberado, recuperado al sistema capitalista, en aumentar nuestra libertad creativa sino que lo desperdiciemos en cosas innecesarias, o peor aún, que lo malgastemos reforzando al sistema que nos oprime comportándonos como éste quiere que lo hagamos durante ese tiempo libre.
Nos encontramos pues ante la necesidad de definir con más detalla las mediaciones y los vínculos entre práctica y teoría, ya que es la lucha de clases y la conciencia revolucionaria individual la que imponen a grandes rasgos las mediaciones entre ambos extremos. Por ejemplo, el poder burgués impone el tiempo explotado, como veremos, para reducir el tiempo libre necesario para la praxis, mientras que el movimiento obrero y revolucionario quiere imponer el tiempo liberado. Dependiendo de esta lucha irreconciliable, si gana el capital seguirán totalmente separadas la teoría de la práctica, pero si van ganando las fuerzas revolucionarias  podrán avanzar en su fusión. Por tanto, en el plano de las contradicciones sociales, las mediaciones son también sociales y marcan el devenir de la interacción entre la teoría y la práctica.
3.- OBSTÁCULOS HISTÓRICOS AL DESARROLLO DE LA PRAXIS
Por razones de brevedad, vamos a exponer muy sucintamente los tres grandes obstáculos que frenan y condicionan negativamente el desarrollo de la praxis. Por orden histórico: uno, el hábito humano a retroceder a lo seguro, al dogma y al idealismo en situaciones de incertidumbre y riesgo extremo; dos, el surgimiento de la escisión mente/mano y el surgimiento de la abstracción-mercancía; y tres, el surgimiento del fetichismo de la mercancía.
Bajo contextos de escasas fuerzas productivas, de falta de recursos de subsistencia, de precarización y de miedo a los peligros exteriores, la sociedad humana antiguas tiende a refugiarse en el conocimiento ya adquirido, no arriesgándose apenas a nuevos experimentos porque, según dice el refrán popular: “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Sabemos que los refranes son contradictorios, y que sirven para justificar una cosa y su contrario, pero no es menos cierto que, por término general, hasta que el capitalismo no necesitó supeditar el conocimiento humano a su afán de beneficio, transformándolo en una fuerza productiva más, hasta entonces muy pocas sociedades precapitalistas habían dado un impulso sostenido al desarrollo de la ciencia. Eso era debido, entre otras cosas, al enorme peso reaccionario de la tradición, de la costumbre, de lo aprendido hasta entonces y que mal que bien sigue resolviendo los problemas. La historia del pensamiento, de la filosofía, de la cultura, de la ciencia, etc., refleja este conservadurismo y dogmatismo, que se refuerzan en el desarrollo del idealismo como enemigo del materialismo. Sin embargo, presionados por el agotamiento de los recursos, el conservadurismo tuvo que ceder a la fuerza del método experimental basado en la observación de los  procesos naturales. El duro tránsito del paleolítico al neolítico refleja la lucha permanente entre el temor a lo nuevo y la necesidad de experimentarlo para no morir de hambre. Muy lentamente, las mediaciones entre práctica y conocimiento fueron haciéndose más ágiles gracias a la agricultura y a la ganadería.
Pero aquí apareció el segundo gran obstáculo histórico a la praxis: la escisión entre el trabajo intelectual y el trabajo manual impuesta por una minoría que monopolizó el saber, la escritura, la aritmética, la geometría, la astronomía, y que condenó a la mayoría a la ignorancia y al trabajo extenuante. Fueron las mujeres las más expropiadas del conocimiento social que ellas mismas habían producido y acumulado en su gran parte.  Según ascendía el patriarcado y retrocedía el papel de la mujer, también el poder material e intelectual era monopolizado por una minoría masculina. Los propietarios de la riqueza y del conocimiento necesitaban la superstición y la ignorancia del pueblo. Las filosofías idealistas fueron impulsadas por estas minorías, en detrimento de las materialistas. La mayoría ignorante, creyente y trabajadora aceptaba lo dicho por los escribas y sacerdotes. La praxis apenas tenía cabida en estas sociedades porque el trabajo intelectual y el manual estaban abismalmente separados. Solamente los pequeños grupos de sabios, administradores y funcionarios podían unificar la práctica con la teoría, y lo hicieron muy bien, dentro de sus límites, alcanzando grandes éxitos materiales.
Desde el siglo –VIII dne se aceleró el comercio, los viajes y la producción mercantil, con la aparición de una clase social interesada en unir el conocimiento con el dinero, y tanto en Grecia como en China, esta clase llegó a la conclusión de que el saber es un tesoro, una riqueza, algo que produce beneficio, y que no debe ser cedido a la masa trabajadora, a las mujeres y a los pueblos esclavizados. La filosofía materialista se reforzó con los descubrimientos productivos, geográficos y culturales, pero en manos de esa clase comerciante expansiva. Producción mercantil simple, comercio, viajes, dinero, contabilidad, geografía, matemáticas, piratería, guerra y saqueo, imperialismo, todo esto necesitaba de reglas de pensamiento racional y de abstracciones conceptuales fiables basadas en la experiencia del comercio mercantil. Surgió así la abstracción-mercancía, es decir, que la mediación entre el pensamiento y la práctica se realiza mediante el valor mercantil, elevado a una abstracción que lo mide todo. La abstracción-mercancía no anula el contenido de verdad de la teoría, la capacidad del pensamiento para sintetizar racionalmente lo logrado con la práctica social, sino que muestra que esa verdad está socialmente determinada en sus limitaciones históricas, que es “falsa conciencia necesaria” porque, en la economía mercantil, no puede existir otra. Por tanto, la mediación entre teoría y práctica está así objetivamente limitada por las contradicciones de la producción mercantil y de su comercio. Por esto mismo, al debilitarse y al hundirse la economía mercantil, se debitó y se hundió el pensamiento racional filosófico y protocientífico materialista, retrocediéndose al oscurantismo fanático e idealista de las religiones.
Por último, el tercer gran obstáculo que frena la praxis surgió definitivamente en la fase industrial del capitalismo, cuando la mercancía podía fabricarse en masa. Ya hemos visto que la abstracción-mercancía apareció con el desarrollo del comercio, y que ya para entonces existía un embrión de fetichismo de la mercancía mediante la adoración del dinero atesorado, el dios Baal o de un Buda recubierto de oro, por ejemplo, pero sobre todo la identificación entre conocimiento y dinero. En el capitalismo, esta identificación se realiza mediante la mercancía que se vende y se compra en el mercado, el sitio en el que personas y bienes se pulverizan en el valor de cambio. Las diferencias cualitativas entre ellas desaparecen y las mercancías dominan la totalidad con la omnipotencia de un fetiche adorado por las personas. Las diferencias sociales, las clases enemigas y la explotación desaparecen para convertirse en una masa aborregada y genuflexa en el templo mercantil. Ante el altar del dinero, las personas elevamos al rango de fetiche adorable a la mercancía, a lo que es un simple producto de nuestro trabajo en el capitalismo. Nos humillamos ante las cosas que hemos creado con nuestro trabajo, tratándolas como dioses, como fetiches caprichosos y omnipotentes, mientras que, a la inversa, reducimos a las personas, nos reducimos a nosotros mismos, a simples cosas deshumanizadas, impersonales, que deben ser tratadas sin consideración alguna. Las mercancías, lo que se compra y se vende, está en el altar y le debemos obediencia, y nosotros, sus creadores, estamos arrodillados.
Una vez que vivimos bajo esta dictadura y la aceptamos como justa y lógica, desaparece nuestra capacidad de comprensión teórica y de transformación práctica de lo que existe porque interpretamos la realidad de forma inversa a lo que ciertamente es. Adoramos al capitalismo porque adoramos a su forma externa, la mercancía, y odiamos al enemigo del capitalismo, la clase trabajadora y nosotros mismos, porque le hemos reducido a una cosa detestable. Por esto rechazamos toda acción o pensamiento críticos, porque niegan lo que creemos ser y deseamos ser. En este universo invertido, creemos ser libres cuando somos oprimidos, y creemos tener los mismos derechos que la burguesía cuando sólo tenemos el derecho a ser explotados ya que, en la realidad objetiva del capitalismo, vivimos sólo del salario que un burgués nos da tras explotar nuestra fuerza de trabajo, cayendo en el desempleo y empobrecimiento si perdemos el salario. Malvivimos en la nueva esclavitud asalariada, más perversa que la esclavitud tradicional porque la asalariada hace creer al esclavo que es libre, cuando no tiene ni siquiera el derecho al mínimo sustento que tenía el esclavo, a no ser que lo consigna con feroces luchas sociales.
4.- OBSTÁCULOS BURGUESES AL DESARROLLO DE LA PRAXIS
Pero la interacción de los tres grandes obstáculos que frenan la reunificación de la teoría con la práctica mediante la praxis, no logra evitar que periódicamente surjan resistencias, estallen motines y rebeliones, y se recuperen las organizaciones revolucionarias reprimidas o desactivadas. Siempre que exista opresión existirá resistencia a la opresión, por muy subterránea que sea, por muy débil que se encuentre. Siempre que la explotación diaria, en la práctica cotidiana, sea una realidad, siempre tarde o temprano aparecerá un pensamiento, una utopía, un ideal emancipador que explique por qué existe esa explotación, a quién beneficia y a quiénes perjudica, cómo luchar contra ella y qué sociedad futura debemos construir sin explotación. Las personas dominadas, sean mujeres, clases y/o pueblos, pueden sufrir en la pasividad su dolor por la dominación, y pueden darle explicaciones idealistas que justifiquen su mansedumbre, pero tarde o temprano terminan preguntándose por qué el amo, el conde, el obispo, el banquero, el empresario, el militar, viven mejor, trabajan menos, cobran más y mienten y engañan a los explotados.
La cuestión del tiempo de trabajo, del cansancio y de la salud, del hambre, de la risa, de la justicia, de la libertad y la cultura, estas cuestiones en apariencia diferentes, van enlazándose en la vida cotidiana según se acercan la práctica de resistencia y la teoría que responde a esas dudas e inquietudes.   Las mediaciones y vínculos entre la mano y la mente van fortaleciéndose en las luchas por las mejoras prácticas con las argumentaciones que hay que elaborar para convencer a las demás personas que se sumen a la acción, porque no hay otro remedio. Conforme la praxis liberadora se enriquece y logra recuperar el tiempo propio y libre, reduciendo el tiempo explotado, en esa medida el fetichismo se debilita porque van apareciendo sin tapujos, sin velos mistificadores, las causas sociales que explican la opresión. Ahora bien, como decimos, se trata de una lucha permanente, y la burguesía y su Estado también reaccionan y contraatacan mediante cuatro grandes estrategias.
Una, aumentar el horario de trabajo y su intensidad, incrementando así el agotamiento psicofísico y reduciendo por tanto el tiempo libre, de modo que se merme la capacidad física e intelectual de las clases explotadas, agotadas al cabo del día y necesitadas de su dosis de pasatiempos embrutecedores. La intensidad del trabajo, el desgaste psicológico y nervioso que genera, se une al desgaste físico de la jornada laboral y del tiempo dedicado al transporte. Es la totalidad psicosomática la que pierde facultades y la que exige más tiempo de descanso y de recomposición, lo que sólo se obtiene si se reduce el tiempo libre. Durante el tiempo de descanso y de recuperación psicosomática, imprescindible para seguir trabajando, las facultades intelectuales no están al máximo de su potencia, tampoco lo está  la capacidad crítica y menos aún la imaginación creativa, que es una facultad humana decisiva para el avance teórico y que debe ser alimentada con toda la información disponible. Por tanto, reducir como sea el tiempo libre, en el que mejor y más rápidamente podemos desarrollar la praxis, es una necesidad para el capitalismo.
Dos, aumentar las ofertas consumistas, modas y espectáculos alienantes, desde la ración diaria de pasatiempo escapista; la culturilla del sistema y la mercancías intelectuales de usar y tirar, hasta el deporte, pasando por un sin fin de otras prácticas que además de idiotizar, atan económicamente a la mayoría explotada y enriquecen a la minoría explotadora, dando encima la sensación social de “libertad” al identificar ésta al mero consumo inducido y al comportamiento teledirigido. Uno de los objetivos del sistema es que la gente se inyecte directamente en el cerebro dosis siempre mayores de alienación; otro es el de hacerle tragar el anzuelo de que puede “desarrollar su personalidad” dedicando su tiempo libre a la industria del ocio, del bricolaje, de los cursillos de cocina y de los juguetitos de miniaturas, sin olvidarnos del culto obsesivo al cuerpo y a la salud. Todo con tal de impedir que el tiempo libre sea dedicado a la praxis.
Tres, el recurso de las múltiples drogodependencias, desde la legales y abundantemente recetadas por la sanidad oficial, hasta las ilegales y no perseguidas, usadas como arma de exterminio físico de “poblaciones peligrosas”, y las alegales, las que se mueven en los espacios grises siempre existentes entre una ley envejecida y la permanente innovación de las industrias de la drogodependencia. Es innegable es uso por la burguesía y por el imperialismo de las drogas como armas de exterminio biológico de miles de jóvenes potencialmente subversivos, y de pueblos enteros, pero también como calmante para miles de adultos frustrados y derrotados en sus vidas, que necesitan sus dosis de alcohol para escaparse de su miseria cotidiana, así como los euforizantes que la clase trabajadora y las mujeres han de tomar cada mañana para sacar fuerzas de flaqueza en su diaria sumisión al capitalismo. Y donde la drogodependencia manda, la praxis desaparece.
Y cuatro, la interacción de las diversas represiones contra sujetos y colectivos que pueden irse radicalizando en su praxis, es el recurso definitivo cuando han fallado los anteriores. El miedo a la represión, a las multas por actos públicos, a los embargos, a la cárcel, a la pérdida del trabajo y del prestigio oficial, etc., es un poderoso instrumento que corta de raíz la interacción entre la teoría y la práctica. Muchas personas atemorizadas dejan de practicar sus ideas, se recluyen en la pasividad a la espera de mejores tiempos, dedicándose mientras tanto a dar rienda suelta a sus elucubraciones intelectuales. En el medio académico, en la universidad y en las llamadas “profesiones liberales”, es muy frecuente esta autoreclusión en un mundo imaginario para evitar las sutiles o descaradas amenazas y represiones. Acobardados por las consecuencias de la práctica, los intelectuales se aíslan en sus elucubraciones, huyendo de la crítica radical y concreta, la de la praxis, y  licuando la teoría hasta dejarla en una sopa insustancial e insípida. Frecuentemente realizan espectaculares giros bruscos desde la extrema izquierda a la que pertenecieron a la extrema derecha o al centro-derecha, que les agasaja con grandes sueldos. Muy pocos detienen su decadencia en el centro reformista, y apenas ninguno sigue en la izquierda revolucionaria. En el medio académico, las mediaciones entre la práctica y la teoría concluyen donde empieza la poltrona.
5.- LA PRAXIS COMO MEDIACION COMUNISTA
El movimiento comunista internacional pudo dar el paso del socialismo utópico al socialismo marxista sólo mediante crisis internas y ásperas luchas contra la burguesía. Fue un proceso iniciado en la década de 1830, que se afianzó en la de 1840 pero que no estuvo realmente seguro hasta que las terribles lecciones de la guerra mundial de 1914 demostraron la corrección teórica del marxismo. Una vez más, fue la práctica en su forma más extrema la que corroboró el potencial revolucionario de este método teórico-político. Si bien Marx,   Engels, Lenin, Rosa Luxemburgo, Trotsky, Mariátegui, Gramsci, etc., tuvieron un importante papel en este avance, el mérito hay que atribuirlo a la interacción entre las masas en lucha y las organizaciones de vanguardia. Desde entonces se han acumulado muchas experiencias en todo el mundo que, en síntesis, confirman y mejoran lo esencial de la praxis desarrollada en aquella época. Aquí vamos a resumirla en cinco puntos.
Primero, las mediaciones entre la práctica y la teoría se realizan en la praxis militante, en la acción política, sindical, vecinal, social, cultural, etc. Sin un contacto directo con las formas de organización, debate y decisión, de lucha y de autocrítica practicadas por los movimientos y grupos en sus resistencias a las opresiones que sufren, sin este contacto interno realizado en el mismo proceso de lucha, más temprano que tarde el pensamiento, la teoría, terminan separándose de la realidad, de las contradicciones sociales, de las inquietudes y preocupaciones de la gente. Una vez rota la conexión práctica, material y vívida de la mente con la mano, la teoría comienza a deslizarse por la cuesta abajo de la subjetividad, alejándose del imprescindible oxígeno de la objetividad crítica que sólo se obtiene en la acción colectiva. De aquí al reformismo o a la derechización extrema, hay poco espacio. Las grandes síntesis teóricas del marxismo, avances cualitativos innegables, se han realizado siempre gracias a esta praxis revolucionaria inserta en la vida misma, praxis en la que la clandestinidad, las medidas de seguridad, el exilio, la cárcel y el destierro, etc., han sido directa o indirectamente una constante y un aliciente para el buen pensamiento. El academicismo intelectualista progre ha aportado mucho menos a la emancipación humana que la praxis comunista realizada en las condiciones más duras.
Segundo, a lo largo de esta la praxis deben simultanearse en la medida de lo posible todas las críticas a la realidad capitalista, desde la explotación económica hasta la dominación cultural e ideológica, pasando por la opresión política y la alienación religiosa. El movimiento socialista ha realizado la crítica ética del capitalismo casi siempre en el interior de estas otras denuncias, sin explicitarla filosóficamente como crítica concreta más que cuando existían condiciones suficientemente desarrolladas. Ello ha sido debido a que la denuncia ética y moral tiende, por su nivel de abstracción, a ser difícil de comprender si no se realiza y se vive en una problemática ya abiertamente injusta. Del mismo modo, la denuncia del sistema patriarcal, de la opresión de las naciones, del racismo y de la xenofobia, estas y otras críticas nos imprescindibles, además de por razones de justicia y de ética, también por la lógica dialéctica de la praxis comunista, por el hecho de que hay que desvelar y descubrir todas las contradicciones ocultas inherentes al capitalismo. En la medida en que alguna de ellas siga operando sin una denuncia sistemática, se debilitarán las mediaciones entre la práctica y la teoría quedando ambas mutiladas y empobrecidas.
Tercera, el movimiento revolucionario, también en su inicial fase utópica, siempre ha insistido en la necesidad imperiosa del rigor metodológico, en la minuciosidad analítica, en la objetividad, calidad y amplitud cuantitativa de las fuentes de datos. La teoría no puede desarrollarse sin el esfuerzo paciente del método científico-crítico, del método dialéctico, el único que descubre lo esencial de cualquier problema debajo de su apariencia externa. El método científico consiste en encontrar las fuerzas subterráneas que, en su movimiento, generan las tempestades en la superficie de la mar. En este esfuerzo racional y sistemático, no puede faltar la acción de la filosofía, de los valores y de la subjetividad revolucionaria, pero siempre integradas en la totalidad de la praxis. En las mediaciones entre la teoría y la práctica, el denominado “factor subjetivo” interviene como un vínculo más supeditado, como el resto, al criterio de la práctica. El marxismo rechaza radicalmente el desprecio de lo subjetivo, y reivindica su papel en la praxis como una mediación decisiva entre lo que se hace y lo que se piensa. La imaginación creativa, el deseo de un mundo mejor, el odio a la injusticia y a la opresión, la opción por la humanidad oprimida, estos valores subjetivos, son componentes activos en la praxis, y por ello dan el salto a fuerzas materiales y objetivas cuando son asumidos y practicados por las clases oprimidas. 
Cuarta, llegados a este nivel hay que insistir en la tarea decisiva que tiene la fusión de la elaboración teórica descrita con el movimiento real de la lucha de clases. Tanto los obstáculos históricos como los burgueses arriba vistos impulsan la tendencia a la burocratización de las organizaciones y a su distanciamiento de las masas, que en el fondo es la misma degeneración. Si la interacción entre la militancia revolucionaria y las luchas concretas a pie de calle y de fábrica, en la vida cotidiana, es un requisito imprescindible para las mediaciones básicas entre la práctica y la teoría, esta importancia se multiplica incluso cuando el proceso revolucionario avanza integrando más y más sectores sociales. Al aumentar la complejidad de la lucha, de las reivindicaciones y, con ella, la dureza de la resistencia de la burguesía, la contrastación práctica de la teoría aparece más urgente y vital a cada nuevo paso, sobre todo el en componente político que siempre tiene que tener la teoría. Conforme se acelera el proceso revolucionario, el componente político de la teoría adquiere mayor importancia, sobre todo el componente que teoriza la necesidad de tomar el poder y de crear un poder revolucionario.
Y quinta, cualquier teoría concreta tiene contenido político más o menos explícito. Desde el método marxista, ese contenido va adquiriendo importancia dentro de la teoría en la medida en que ésta se fusiona con la práctica mejorando la praxis revolucionaria. No puede ser de otro modo ya que la teoría, si es correcta, termina desvelando la estructura capitalista basada en la explotación asalariada, en la opresión política y en la dominación ideológica. La veracidad de la teoría se realiza, en definitiva, cuando la política y el poder burgués reprimen la praxis revolucionaria, la lucha de las masas. Cuando va tomando forma el problema del poder y de la política, las mediaciones entre la crítica teórica y la crítica práctica deben realizarse mediante una gran riqueza de análisis porque deben superar los enormes obstáculos que el sistema pone para ocultar la explotación y falsificar la realidad. La lógica formal, método típico del reformismo, no sirve para superar estas trabas y para dotar a la teoría de la suficiente radicalidad de estudio. Las grandes obras marxistas, comparadas con la flojedad de la sociología burguesa, muestran una rara habilidad y agilidad de movimientos intelectuales para penetrar en los complejos laberintos de las contradicciones sociales.
6.- LA PRAXIS COMO PEDAGOGÍA REVOLUCIONARIA
La mediación comunista entre la teoría y la práctica es un proceso inacabable dentro del capitalismo debido a la naturaleza alienante de este modo de producción y, además, porque la burguesía siempre contraataca con todos sus recursos, dotándose se otros nuevos cuando los necesita. El capitalismo no sólo dispone para perpetuarse del fetichismo de la mercancía, sino también de la separación entre el trabajo manual e intelectual y de la abstracción-mercancía, así como de la inercia conservadora de la especie humana en situaciones de peligro. Estas fuerzas reaccionarias que impiden la interacción entre la mano y la mente, y que en buena medida se anclan en anteriores modos de producción, se refuerzan con las medidas típicamente burguesas de reducción del tiempo libre, de manipulación y drogadicción, y de miedo paralizante.
Para enfrentarse a esta maquinaria en constante mejora, la militancia revolucionaria solamente tiene la formación mediante la praxis,   único método pedagógico que puede ir por delante de los contraataques burgueses, preparando a la militancia para avanzar en las luchas y para no ser desbordada por las innovaciones burguesas. La formación es un momento de la praxis porque es un momento de la teoría y de la práctica. La formación no es un cursillo aislado, que se realiza mecánicamente, como un rito obligado, sino que es una parte sustancial de la misma lucha permanente. No existe teoría sin formación teórica, ni práctica sin revisión crítica de ella misma, que es la autovaloración de la misma lucha. La autocrítica es la formación teórica realiza sobre y para sus mismos fundamentos y resultados. La autocrítica exige de una correspondiente formación teórica y de una experiencia práctica. Partiendo de aquí, ofrecemos cuatro consejos muy básicos   sobre cómo ha de ser la metodología de formación de la militancia:
Uno, antes que nada y además de permanente, la formación ha de ser colectiva, concreta y motivadora, que suscite la ilusión y la creatividad. La formación individual sólo es factible en temas simples y reducidos, y siempre que esté guiada y supervisada colectivamente. La verdadera formación revolucionaria únicamente es posible en un contexto organizativo que aporte experiencia, conocimiento y rigor crítico. A la vez, en un primer momento, ha de estudiar y formar sobre problemas concretos directamente relacionados con las necesidades prioritarias de la militancia, aquellas cuya no resolución desanima y desmoviliza. La formación teórica más profunda se realizará después. Los primeros cursos formativos deben partir de lo concreto para abrir la mente a realidades más profundas y complejas, que serán estudiadas en cursos posteriores ya planificados y que deben aparecer en el programa general. Anima saber que se asiste a un curso permanente  y cada vez más abarcador y profundo, y ese ánimo se refuerza cuando desde el inicio se comprueba que la vida personal y colectiva mejora en calidad porque mejoran los instrumentos de transformación revolucionaria.
Pero aunque sean cursos concretos e iniciales no por ello han de ser superficiales, sino que desde antes del inicio las personas asistentes deben ser conscientes de que van a realizar uno de los componentes de la praxis: la interacción entre la teoría y la práctica en la cuestión sobre la que se forman, y que eso requiere esfuerzo intelectual. Desde la historia del sindicalismo, hasta la lucha contra el patriarcado, pasando por las formas de organización, la defensa de los derechos, etc., temas siempre estudiados en su concreción inmediata y próxima a los asistentes, en todos estos problemas vividos diariamente porque son los de la militancia, siempre hay que buscar la formación teórica y pedagógica,  es decir, que una el imprescindible rigor teórico con la imprescindible facilidad de comprensión.
Dos, en los cursos más generales y profundos, por ejemplo, sobre el sindicalismo y la teoría de la plusvalía, sobre por qué y cómo luchar contra el salario, sobre por qué nunca pueden existir esas mentiras del “salario justo” y de la “justicia social”, etc., en estos y en todos los casos la formación han de contrastar las consecuencias prácticas de la teoría marxista y de la ideología burguesa sobre esas y otras mentiras. Muy frecuentemente, cometemos el error de la explicación unilateral, del estudio aislado y en solitario del marxismo sin compararlo con su enemigo irreconciliable, la ideología burguesa en acción. Este error es más nefasto todavía cuando tenemos que debatir sobre el socialismo en general, en su evolución, etc.: incluso aunque analicemos críticamente la implosión de la URSS, nunca comparamos sus innegables logros con la realidad del capitalismo mundial en su época. La contextualización y el contraste, exigencias del método dialéctico, casi nunca se realizan en la formación revolucionaria. No puede existir una formación teórica marxista que no se realice sobre la permanente comparación con lo realizado por la burguesía, pues la dialéctica exige el estudio de la unidad y lucha de contrarios irreconciliables.
Cumplir con el método dialéctico es especialmente necesario cuando la formación busca conocer más en profundidad la vida y obra de las personas marxistas más creativas: nos limitamos a examinar las obras de Marx, pero no comparamos su praxis con la de Comte, o con la de Malthus, o con la de Ricardo. No comparamos a Engels con Bismarck, ni a Lenin con Weber, ni a Rosa Luxemburgo con Durkheim, ni a Stalin con Hitler, ni a Mao con Hiro Hito, etc. De este modo, reforzamos el dañino individualismo metódico burgués, que trocea la realidad, que sobrevalora al “gran hombre” y menosprecia a las masas, y sobre todo, que impide demostrar la cualitativa superioridad de la praxis comunista sobre el egoísmo individualista burgués. Si reforzamos el individualismo metódico fortalecemos la separación entre teoría y práctica, legitimamos la ideología burguesa y no demostramos el terrible efecto del fetichismo pues seguimos viendo a los grandes criminales capitalistas como intocables. Por el contrario, aplicando el método dialéctico demostramos la innegable superioridad histórica del socialismo sobre el capitalismo.
Tres, a la vez todo curso de formación ha de estar asentado en la realidad de clase, de sexo-género y de nación opresora u oprimida en la que ha nacido y lucha la militancia. No puede organizarse ningún programa de formación que no parta y que no termine en el contexto de lucha en el que se realiza. Aceptar el cosmopolitismo y la estupidez del supuesto “ciudadano del mundo”, e incluso un “internacionalismo” abstracto, es la mejor ayuda que podemos hacerle a la clase dominante que nos machaca aquí mismo, y por extensión al imperialismo. Pretender formar a la militancia sin insistir en la explotación patriarcal y en la asalariada es caer en el agujero negro del interclasismo y del machismo burgués. La formación ha de hincar el diente a las dinámicas opresoras más duras y efectivas, las que determinan el resto de los comportamientos sociales, de las ideas políticas y de las alternativas de futuro.
La presencia explícita o implícita de estas tres realidades nos debe llevar a la crítica del poder estatal como centralizador de las represiones, y a la explicación de la necesidad del poder estatal revolucionario. Arriba hemos visto cómo toda teoría tiene un contenido político, pero ahora profundizamos en el contenido de poder de la explotación asalariada, de la dominación patriarcal y de la opresión nacional. La formación teórica debe mostrar siempre que estas tres problemáticas solamente pueden resolverse mediante la praxis de un Estado obrero, y que antes pueden avanzar en su mejora táctica con la creación de contrapoderes y situaciones de doble poder. Sea de forma directa o subyacente, cualquier curso de formación que quiera profundizar en cualquiera de las formas con las que opera el capitalismo debe diseñar su método de tal forma que estas realidades aparezcan como estructurales dentro del capitalismo, y sometidas a la lógica de la acumulación y del máximo beneficio. Una teoría que no lo tenga en cuenta niega la realidad y, en un primer momento, reduce la práctica a mera verborrea, y luego abandona la práctica porque más temprano que tarde esta siempre choca con esa realidad de fondo.
Y cuatro, además de estos y otros cursillos, también has de enseñarles métodos de lectura, de extraer apuntes y de resumir las ideas esenciales de un texto, de oratoria, de llevar reuniones públicas, de preparar debates, de organizar actos de reflexión colectiva, etc. Según los casos y asistencia, conviene organizar grupos de debate dentro del cursillo, que tratarán sobre aspectos concretos del tema general que serán luego puestos en común. También es importante que antes del terminar el curso se pase un cuestionario de crítica y valoración colectiva, y se debata sobre si hay que hacer mejoras y cuáles al plan inicial planteado, que insertaba ese curso en una dinámica permanente.
Es muy importante en este cuarto punto el evitar la “tecnificación” de estos métodos, es decir, que se den y de reciban de forma tecnicista y neutral, como si sirvieran al margen de los intereses revolucionarios o reaccionarios. Sabemos que métodos de lectura rápida, de memorización, de coordinación de ideas, etc., son usados habitualmente por políticos burgueses, ejecutivos y empresarios para multiplicar sus capacidades organizativas, pero hay una diferencia insalvable entre estos métodos y la formación marxista. La segunda va más allá de la primera porque las técnicas de memorización, lectura rápida, etc., solamente sirven para datos e ideas ya insertas en un paradigma conocido, en una teoría o sistema de conocimientos conocidos que no exige un esfuerzo cualitativo, un aprendizaje totalmente nuevo. Mientras que el marxismo exige aprender lo antagónico con la ideología burguesa. La formación como praxis debe y puede recurrir a esas técnicas pero insertándolas en un esfuerzo intelectual más duro ya que el marxismo es la superación revolucionaria de todo el sistema burgués de pensamiento. Del mismo modo, para evitar la tecnificación de estos métodos exige tener siempre en cuenta que la formación es un proceso de emancipación integral, política y ética, que no existe la “técnica neutral” aplicable al margen de la lucha de clases, y que todo es política, todo repercute a favor o en contra de la liberación humana.
Concluyendo, la formación como momento de la praxis debe caracterizarse por la interacción de tres principios: el ejemplo como método pedagógico, lo praxis colectiva como contexto de la formación teórica, y la formación como aliciente necesario para el placer de la subversión.
IÑAKI    GIL DE SAN VICENTE
EUSKAL HERRIA  10-I-2011

martes, 22 de octubre de 2013

El socialismo debe integrar la praxis comunera


La Época

Texto originalmente publicado por la revista boliviana La Época

Desde la realidad vasca la lectura del libro de Javo Ferreira Comunidad, indigenismo y marxismoi incide en varias reflexiones que independentistas llevamos manteniendo desde hace tiempo ya que también desde hace tiempo nos oponemos a la linealidad euro céntrica que expresada en boca del “joven” Engels condenó a Euskal Herria a la extinción históricaii. Antes de seguir, debemos advertir que nuestra matriz socialiii europea y el muy limitado conocimiento de la extremadamente compleja realidad de las Américas, nos exige proceder con extremo cuidado a la hora de emitir juicios sobre los pueblos trabajadores hermanos que sufren en ese y en los demás continentes, y menos aún con pretenderles imponer qué han de hacer y cómo. Esta precaución es típicamente marxista, y solamente fue abandonada con la burocratización estalinista obsesionada por dirigir férreamente toda la revolución mundial. Anticipándose a este imperdonable error, el “viejo” Engelsiv, que no sólo Marx, se esforzó en explicar la dialéctica entre las luchas concretas y el proceso general, como se comprueba en sus cartas a F. Kelley y a Turati, por citar solo dos ejemplos. No vamos a extendernos en la crítica de los devastadores efectos causados por la importación teórica y política europea a los pueblos porque otros autoresv ya la han realizado. Por el contrario, lo primero debemos hacer los revolucionarios europeos es aplicar el método marxista al respectovi y estudiar sobre todo y antes que nada las aportacionesvii de sus luchas a la emancipación humana.

De entre las muchas enseñanzas ahora queremos centrarnos en el amplio bloque de prácticas que tienen relación con el comunitarismo, con los bienes comunales, con la fuerza emancipadora de la defensa de lo común y de sus aportaciones al socialismo y al comunismo. Debemos recordar que Engels propuso a Bebel utilizar las expresiones “Comunidad”, “Gemeinwesen” y “Commune”viii en vez de Estado, porque reflejan mejor el ideal socialista una vez estudiada la decisiva experiencia de la Comuna de París de 1871, que lo hizo desarrollando la teoría elaborar por Marx precisamente en su imprescindible texto sobre la Comuna, acerca del papel del cooperativismo como instrumento para «regular la producción nacional con arreglo a un plan común, tomándola bajo su control y poniendo fin a la constante anarquía y a las convulsiones periódicas, consecuencias inevitables de la producción capitalista, ¿qué será eso entonces, caballeros, más que comunismo, comunismo “realizable”?»ix. Ambos amigos no descubrían nada desconocido sino que tomaban lo mejor de las tradiciones revolucionarias y lo aplicaban a la lucha contra el capitalismo: la consigna Omnia sunt comuna, «Todo es común»x, provenía del movimiento revolucionario anabaptista, grupo político-religioso europeo del primer tercio del siglo XVI que seguía las tradiciones igualitarias del pasado, del mismo modo que en la mitad del siglo XVII los campesinos ingleses ocupaban --socializaban, en términos actuales-- las tierras baldías y las volvían productivas, siendo llamados por ello “cavadores”xi.

Pero los estudios sobre lo comunal y la comuna venían de antes, como hemos dicho, y encima en cuestiones básicas como la dialéctica entre lenguaje e identidad comunal, entre las primeras formas de uso de la tierra y de propiedad colectiva y la evolución de modos de producción precapitalistas. Marx dijo que: «El lenguaje mismo es tan producto de una comunidad como, en otro sentido, lo es la existencia de la comunidad misma. Es, por así decirlo, el ser comunal que habla por sí mismo»xii. La lengua es un producto de la comunidad, y es por eso el ser comunal que habla por sí, para sí y para otros, en el mismo proceso productivo que crea valores de uso. Sin duda, es sobre estas investigaciones realizadas desde 1855-59 desde donde se avanzará luego con más profundidad en todo lo relacionado con el problema que tratamos, que tiene su punto nodal en la reflexiones sobre la “comuna campesina” rusa abriendo vías de investigación tanto más actuales ahora que entoncesxiii. Pues bien, la definición de la lengua como el ser comunal que habla por sí mismo también nos introduce en el problema de las tradiciones y de su valor para la recuperación de lo comunal en la lucha antiimperialista actual.

La tradición cultural, el complejo lingüístico-cultural, no es monolítico sino que está minada por las contradicciones sociales que han existido a lo largo de su historia, conviviendo en su interior fuerzas antagónicas en unidad y lucha de contrarios. La tradición no es una fuerza reaccionaria en bloque, sino que en ella pugnan componentes reaccionarios con revolucionarios. Marx nos ofrece ejemplos de esta lucha de contrarios: uno, el negativo, es su conocida afirmación de que «la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos»xiv, y el contrario positivo es su no menos conocida afirmación de que sus héroes eran Espartaco y Keplerxv. Marx siempre explicó que la teoría se convierte en una fuerza material cuando es asumida por las masas. Espartaco y Kepler fueron dos revolucionarios que en sus distintos campos de acción ayudaron sobremanera a que la humanidad avanzara en su emancipación material e intelectual a pesar de las tradiciones reaccionarias de las generaciones muertas. La teoría marxista de la organización indica cómo debe procederse para que los componentes emancipadores insertos en la tradición se impongan sobre los opresores.

Mao asume la milenaria tradición china del Viejo Tonto que impulsaba a generaciones de explotados a resistir al explotadorxvi. Trotski se refiere a la campesina francesa Mariette, para quien «siglos y siglos de acontecimientos y de pruebas han enriquecido y saturado su memoria política»xvii. Gramsci analiza esa dialéctica en la misma cultura popular italiana, por no hablar de la “presencia” de Tupac Amaru, Tupac Atari, el Che, Marulanda, etcétera, en el imaginario popular andino y latinoamericano. Y si pasamos de la tradición cultural a la forma más concreta e importante para nosotros, la tradición revolucionaria en el crucial aspecto organizativo, Lenin habla de la «larga historia» de la experiencia clandestina que ha forjado pautas de comportamiento válidasxviii. Y por no extendernos, R. Vega Cantor defiende que las tradiciones tienen componentes emancipadores y afirma que el permanente ataque capitalista contra la memoria de lucha de los pueblos «constituye otra típica maniobra de expropiación, tan importante como la expropiación de las riquezas naturales de los pueblos del mundo»xix. La relación entre las tradiciones progresistas y el amplio movimiento que históricamente engloba a lo comunal como el comunismo, pasando por el consejismo, el cooperativismo, la autogestión, etcétera, ha sido estudiada en dos textosxx

Pero las tradiciones de resistencia, de defensa de la propiedad comunal no lograron impedir el proceso de descomposición, de escisión social clasista interna en las comunidades campesinas, como muy bien explica J. Ferreira. Se trata de una crisis ya prevista por Marx y Engels, que pensaron que la única salvación radicaba en la revolución socialista. Desde muy pronto Lenin estudió con detalle el proceso de disolución y pudrimiento interno de la comuna campesina según penetraban en ellas las relaciones capitalistas de producciónxxi, conflictos que bajo otras apariencias externas recorren las resistencias precapitalistas al capitalismoxxii, y que Marx estudió con su brillantez característica al constatar la tenaz resistencia de los «sistemas nacionales de producción precapitalista» xxiii, de los imperios de China e India basados, entre otras cosas, en la solidez de la propiedad comunal campesina. Y no faltan autores que prefieren hablar directamente de «sociedad comunal» como lo básico de las sociedades precapitalistasxxiv.

Y la propia experiencia boliviana de 1929 lo vuelve a reafirmar: «el indio es capaz de todo sacrificio cuando se trata de la recuperación de sus tierras»xxv, como lo había confirmado la experiencia bolchevique en 1917 en la carta de carta de un soldado ruso a su familia campesina escrita a final de verano de 1917: «Querido compadre, seguramente también allí han oído hablar de bolcheviques, de mencheviques, de social-revolucionarios. Bueno, compadre, le explicaré que son los bolcheviques. Los bolcheviques, compadre, somos nosotros, el proletariado más explotado, simplemente nosotros, los obreros y los campesinos más pobres. Éste es su programa: todo el poder hay que dárselo a los diputados obreros, campesinos y soldados; mandar a todos los burgueses al servicio militar; todas las fábricas y las tierras al pueblo. Así es que nosotros, nuestro pelotón, estamos por este programa»xxvi.

Ahora carecemos de espacio para profundizar en la agudización de estas contradicciones que surgen del choque, según muchos historiadores, entre el modo de producción tributario o “asiático”, con sus variantes esclavista y feudal, con el capitalista, porque queremos insistir en que a pesar de este resquebrajamiento, debemos recuperar los valores progresistas e introducirlos en la lucha por el socialismo y el comunismo en estos momentos en los que el capital está llevando al extremo uno de los contenidos de lo que Marx definió como “acumulación originaria”, que ahora se muestra con especial brutalidad mediante lo que D. Harvey ha denominado “acumulación por desposesión” que consiste en el expolio masivo de lo común y de lo público para privatizarlo como propiedad burguesa realizando la tendencia hacia «la mercantilización de todo»xxvii inherente al capitalismo, y que concluye en lo que un historiador ha definido como «continentes robados»xxviii. El ataque imperialista es ahora tan abrumador contra todo lo que se le resiste que incluso pequeños sectores reformistas deben buscar algunas respuestasxxix.

Que se trata de un proceso en el que lo económico y lo político se imbrican en una dialéctica vibrante, esto ya fue demostrado entre otros muchos, por H. Cleaverxxx al poner de relieve el papel de la resistencia de los pueblos y de las clases explotadas, de la «clase trabajadora» enfrentada a la «clase capitalista» según el momento genético-estructural del estudio del modo de producción capitalista. H. Cleaver es tajante desde la misma Presentación: «Marx llegó tarde a la América Latina. Y llegó mal», pero no podemos extendernos en esta verdad sino que, por razones de espacio, debemos referirnos a la muy importante referencia que hace a la cultura porque conecta en directo con dos problemas decisivos en la lucha actual contra el imperialismo: la importancia de la tradición cultural como fuerza emancipadora, y la importancia de lo común, de la propiedad colectiva y comunal, sin entrar ahora a más precisiones. Problemas que también presentes en J. Ferreira. El autor muestra cómo la lucha de los pueblos indios, la lucha por la jornada de trabajo, y la lucha por la productividad y el valor de la fuerza de trabajo, se interrelacionan siguiendo la lógica expansiva ya enunciada en el capítulo sobre la acumulación originaria, siempre dentro la contradicción inherente a la forma-mercancía. El contenido político de esta contradicción se expresa en la lucha de clases y en las «rebeliones y guerras de resistencia» contra la privatización capitalista de lo común y de la fuerza de trabajo.

La lucha por reducir la jornada de trabajo, especialmente, tiene una muy directa conexión con nuestro tema porque ha sido una batalla permanente en la historia de la explotación, en la que la solidaridad y ayuda mutua, la tierra comunal y los bienes públicos, etc., han sido medios de autodefensa de los pueblos y clases oprimidas. Lo comunal o comunismo primitivo y la cooperaciónxxxi han sido las fuerzas decisorias para la antropogénesis, y dentro de ellas el arte, la fiesta y el folclore como parte esencial de la identidadxxxii. En las primeras colectividades estos factores estaban intrínsecamente unidos a la satisfacción de las necesidades, a la producción de placeres y a la efectividad cohesionadora de los actos, juegos y fiestas colectivos de redistribución del excedente social acumuladoxxxiii para evitar la polarización de riqueza en una minoría y de pobreza en la mayoría, medida precautoria que «en ocasiones» se extendía a la destrucción de las armas arrebatadas al enemigo vencido para impedir la excesiva acumulación de riquezaxxxiv, además de otras razones.

J. Ferreira analiza una de las experiencias permanentes en la historia de las luchas de los pueblos explotados, la de su escisión social bajo las presiones capitalistas en ascenso. Ahora, como hemos dicho, el imperialismo está redoblando los ataques contra todo lo público, lo colectivo, contra los restos de propiedad comunal que subsisten, buscando además de otros objetivos, destruir los solidarios lazos comunales y de ayuda mutua entre las masas explotadas. Se trata de recomponer los vínculos comunes, socialesxxxv, que han sido rotos por el capital y que deben (re)construirse en otras condiciones diferentes a las precapitalistas porque, en el fondo, de trata de la misma solidaridad liberadora que la que practicaron los esclavos insurrectos entre los que se encontraba el Espartaco tan admirado por Marx. Debemos ampliar esta admiración a todas las personas que se sublevaron contra la injusticia, y debemos extraer las lecciones necesarias y urgentes para nuestro antiimperialismo. Debemos pasar a la ofensiva y luchar por la ampliación masiva de lo público, de los bienes comunes, de la propiedad colectiva, de las ocupaciones y recuperaciones de las propiedades privatizadas y de la cultura como «el modo como se organiza la utilización de los valores de uso»xxxvi.

Notas:
i Javo Ferreira, Comunidad, indigenismo y marxismo, Edic. La Palabra Obrera. Bolivia 2010.
ii Iñaki Gil de San Vicente, Gracias a un error de Engels ¿y de Marx? 18-01-2008 a libre disposición en Internet
iii Usamos el concepto de «matriz social» elaborado por Oliver C. Cox, El capitalismo como sistema social, Fundamentos 1972, pp. 35-79, pero aplicado a la civilización europea como síntesis social del capitalismo en este espacio geoproductivo: el contexto ideológico europeo en el que nos hemos formado y en el que malvivimos, condiciona y limita mucho nuestra capacidad de pensamiento independiente, objetivo y crítico, a la hora de estudiar otras civilizaciones no occidentales. Con esta afirmación en modo alguno aceptamos las tesis del relativismo cultural que tan acertadamente desmonta J. Ferreira en su libro (pp. 115-147) sino que nos prevenimos contra la perniciosa costumbre europea de creer que podemos y debemos dictar a todos los pueblos del mundo lo que deben hacer, sin respetar sus condiciones y sus voluntades.
iv En la carta a F. Kelley del 12-XII-1886, Engels critica a quienes hacen del socialismo «una teoría importada» desde Europa a los EEUU; y en la carta a Turati del 26-I-1894 sostiene que las decisiones deben ser tomadas por los italianos. Véase Marx-Engels Correspondencia, Cartago, 1973. pp. 262-263, y 414-418, respectivamente.
v Muy sucintamente, véase a J. Aricó, Marx y América Latina, Catálogos, 1988. E. Dussel, El último Marx (1863-1882) y la liberación latinoamericana, Siglo XXI, 1990. N. Kohan Marx en si (Tercer) Mundo, El Perro y la Rana, 2009; y Nuestro Marx, Misión Conciencia, 2011.
vi Nunca es suficientemente conocido el que Marx y Engel terminaron caracterizándose por estudiar con rigor además del presente de los pueblos, también su historia y su lengua, como requisitos mínimos para poder escribir sobre ellos. Es sabido que en 1858 Marx no aplicó su método dialéctico a su biografía de Bolívar, pero tampoco es sabido que mientras la escribía, en 1855-59 realizaba de forma silenciosa e interna, no pública, otro estudio más sistemático y decisivo a la larga, el de las formaciones precapitalistas en el que ya avanzaba ejes decisivos para entender el presente y el tema que ahora tratamos.
vii Iñaki Gil de San Vicente, La aportación de las Américas a la revolución mundial, del 3-08-2010, a libre disposición en Internet
viii Engels, Carta a A. Bebel. Obras Escogidas. Progreso. 1978, Tomo III. p.32.
ix Marx, La guerra civil en Francia. Obras Escogidas.. Progreso. 1976. Tomo II. p. 237.
x Espai en Blanc (Coord.) Luchas autónomas en los años sesenta. Traficantes de Sueños, 2008, p.8.
xi A. I. Volodin y E. G. Plimak, Las ideas revolucionarias de los siglos XVIII y XIX, Ed. Nacional de Cuba, 1968, p.35.
xii Marx, Formaciones económicas precapitalistas. Talleres Gráficos. 1967. p. 140.
xiii Los tres autores citados en la nota 5 tratan este decisivo tema, y recomendamos el de Th. Shanin et alii, El Marx tardío y la vía rusa. Marx y la periferia del capitalismo Talasa, 1988.
xiv Marx, El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Obras Escogidas, Progreso. 1978. Tomo I. p. 408.
xv J. Elleinstein, Marx, su vida, su obra. Argos Vergara. 1981. p. 285.
xvi Mao, El viejo tonto que removió las montañas, Obras Escogidas. Fundamento. 1974. Tomo III. pp.281-284.
xvii Trotski, «El drama del proletariado francés» Literatura y revolución. Ruedo Ibérico. 1969. Tomo II. p. 110.
xviii Lenin, ¿Qué hacer? Obras Completas. Progreso. 1981. Tomo 6. p. 149.
xix Renán Vega Cantor, ¿Es posible conciliar la tradición con la revolución? Herramienta nº 25, Abril 2004, pp. 185-196. El autor destroza lo que define con razón como «desafortunado artículo» de J. Holloway en el que éste niega el valor emancipador de las tradiciones.
xx Iñaki Gil de San Vicente, «Cooperativismo socialista y emancipación humana. El legado de Lenin», en Cooperativas y socialismo. Una mirada desde Cuba, Edit. Caminos. La Habana, 2011. pp. 103-130. Y Cooperativismo obrero, consejismo y autogestión socialista, 6-08-2002 a libre disposición en Internet
xxi Lenin A qué herencia renunciamos, Obras Completas. Progreso, 1981 Tomo 2. pp. 527-575.
xxii También en el pueblo vasco están registrados estas contradicciones y sus luchas desde el siglo XV, como mínimo. Véase Manex Goyhenetche: Historia general del País Vasco. Ttarttalo, 2000. Tomo II, pp. 250-256.
xxiii Marx, El Capital, FCE. 1973. Tomo III. p. 322.
xxivRobert A. Padgug: «Clases y sociedad en la Grecia clásica» En El marxismo y los estudios clásicos. Akal. 1981. p. 75: «Marx describió varios tipos generales de sociedad comunal que formaron los estadios finales del mundo tribal, basado en el parentesco y la transición a la civilización, basada en las clases y el Estado. El modo “asiático” el “eslavónico”, el antiguo y el “germánico” representan los tipos principales con su desarrollo específico cada uno de ellos, sus variaciones y sus articulaciones internas»
xxv «Informe sobre la situación en Bolivia-1929», en Marxismo militante, Edit. Europa, La Paz, Bolivia, N.º 35, abril 2005, pp. 102-107
xxvi Giuseppe Boffa La revolución rusa. Era. México 1976. Volumen 2. p. 28.
xxvii D. Harvey, Breve historia del neoliberalismo, Akal 2007, pp.167-200.
xxviii R. Wright, Continentes robados- América vista por los indios desde 1492, Anaya & Muchnik, 1994, p. 145.
xxix Sin extendernos ahora, véase: Anatole Antón, R. Schmitt (Edit.) Hacia un nuevo socialismo, El Viejo Topo, 2011. Y J. L. Laville y J. García, Crisis capitalista y economía solidaria, Icaria, 2009. Una línea que recorre con matices a casi todos lo autores en ambos libros es el repensar el valor de lo comunitario, de la vida que pugna por liberarse del valor de cambio y de la forma-mercancía, en la medida de lo posible.
xxx H. Cleaver, Una lectura política de El Capital, FCE, 1985, pp. 181-207. La actualidad de este libro escrito en 1978 crece conforme se agrava la actual crisis y con ella la tendencia a las resistencias de los pueblos llamados atrasados e incultos.
xxxi Carolina Martínez Pulido: El papel de la mujer en la evolución humana. Biblioteca Nueva. 2003, p. 464.
xxxii J. R. McNeill y William H. McNeill, Las redes humanas. Crítica. 2004, p. 12: «Un hito importante de este proceso evolutivo fue la invención del canto y la danza, porque cuando los grupos humanos flexionan sus grandes músculos y se mantienen juntos moviéndose y voceando rítmicamente despiertan una cálida sensación de solidaridad emocional que hace que la cooperación y el apoyo mutuos en situaciones de peligro sean mucho más firmes que antes».
xxxiii Marshall Sahlins: Economía de la Edad de Piedra. Akal 1983. pp. 203-252.
xxxiv F. Gracia Alonso, Santuarios guerreros en la Protohistoria europea. Rev. Desperta Ferro. N.º 9, 2011. p.8.
xxxv AA.VV: “Hegemonía y emancipación. Fábricas recuperadas, movimientos sociales y poder bolivariano”, Milenio Libre. Caracas 2006. Págs.: 101-128.
xxxvi Samir Amín, Elogio del socialismo, Anagrama. 1978, p. 6